El mundo infeliz de Saul Goodman (Better Call Saul)

Por Henar Álvarez

Hace casi dos años que Walter White dejó de cocinar meta en la pequeña pantalla. La AMC rompió el monopolio de la HBO. ‘Breaking Bad’ está considerada como una de las mejores series de la historia de la televisión y su nombre no chirría si se lee escrito al lado de ‘Los soprano’ ‘The wire’. El capítulo final fue seguido por más de 10 millones de espectadores y entre las noticias de medio mundo se ha colado más de un imitador que ha intentado hacerse un hueco en el narcotráfico de droga azul.

La producción de un spin-off sobre el personaje de Saul Goodman (Bob Odenkirk), el abogado, creó expectación y algo de desconfianza. El final de Breaking Bad había dejado satisfechos al público y a la crítica. El “segundas partes nunca fueron buenas” es casi un dogma de fe. Malditas bitches, no se puede dudar de Vince Gilligan, el creador de todo esto y responsable también de ‘Better call Saul’. La nueva serie está a la altura de su predecesora, sin ningún tipo de duda.

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Bob Odenkirk es Saul Goodman

Peter Gould y VInce Gilligan en el rodaje de 'Better Call saul'

Peter Gould y VInce Gilligan en el rodaje de ‘Better Call saul’

Los sistemas democráticos y meritocráticos se tambalean, las desigualdades se justifican y la igualdad de oportunidades es una falacia como un falo como un cuello. Saul tiene los nudillos descarnados de pegarse puñetazos contra una pared. Es un antihéroe por obligación. ‘Better call Saul’ demuestra que el sueño americano es en realidad una pesadilla. Saul Goodman no debió tener una juventud, digamos, correcta. No importa, maduró y decidió forjarse un futuro digno que le permitiera vivir cómodamente y podar su jardín cada sábado bajo un limpia y amplia bandera americana. Ay, nuestro querido amigo llega tarde. Escogió su casta y por muchos méritos, títulos acumulados y talento demostrado, quienes le rodean no le dejarán medrar. El club no admite más socios, “No eres un abogado de verdad” le dicen. Los hijos de los ricos no quieren compartir máster con el hijo del charcutero. “El infierno son los otros” afirmó Sartre, y Saul puede dar buena cuenta de ello.

En realidad esto no es nada nuevo, Aldous Huxley definió su mundo perfecto en ‘Un mundo feliz’ y cada vez estoy más segura de que aunque sean teorías aberrantes no le falta razón:

“Estaban predestinados a emigrar a los trópicos, a ser mineros, tejedores de seda al acetato o metalúrgicos. Más adelante, enseñarían a sus mentes a apoyar el criterio de su cuerpo.
—Nosotros los condicionamos de modo que tiendan hacia el calor —concluyo Mr. Foster—. Y nuestros colegas de arriba les enseñarán a amarlo.
—Y éste —intervino el director sentenciosamente—, éste es el secreto de la felicidad y la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social.”

El stress y la depresión copan un mundo que odia los lunes. Ni Saul ni nadie puede amar un destino social que está por debajo de sus capacidades, que no causa ningún interés en quien tiene que realizarlo o que se encuentra a años luz de del sector para el que uno se haya preparado. Vivimos para el fin de semana, soñamos con las vacaciones de verano. Nos frustramos cuando no alcanzamos los objetivos para los que estamos preparados, por los que hemos trabajado, y en este punto da comienzo ‘Better call Saul’. La desesperación fomenta la creatividad. Si uno no se rinde acaba sacando al lazarillo de Tormes que lleva dentro para conseguir lo que merece. Saul está preparado para ser abogado y es realmente bueno. Si no puede trabajar en el despacho de MMH trabajará para Walter White.

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