‘El último lobo’: Cine de pantalla grande

El francés Jean-Jacques Annaud es uno de los grandes veteranos del cine europeo, con una carrera que abarca cuatro décadas tras su debut a mediados de los 70 con ‘La victoria en Chantant’. Annaud es uno de esos directores que ha hecho un poco de todo y que están a medio camino entre el artesano y el autor. No podemos decir que sus películas sean obras difíciles, más bien al contrario, son filmes al alcance de la amplia mayoría, rodados con solvencia y sentido del espectáculo. No llega a las coordenadas hollywoodienses de su compatriota Luc Besson, pero tampoco a las de autores más minoritarios del cine galo. Sin embargo, ello no le ha impedido dotar a buena parte de su filmografía de un estilo propio que bebe de los antiguos artesanos del Séptimo Arte, capaces de facturar obras de gran interés sin olvidarse de que van dirigidas al gran público. Así, Annaud ha realizado cintas como ‘En busca del fuego’, ‘El nombre de la rosa’, ‘El amante’, ‘Siete años en el Tíbet’, ‘Enemigo a las puertas’ u ‘Oro negro’.

Jean-Jacques Annaud

Uno de los aspectos en los que parece haberse especializado es en el protagonismo de los animales en algunas de sus tramas, caso de ‘El oso’, ‘Dos hermanos’ (con la presencia estelar de una pareja de tigres) y su último proyecto hasta la fecha, que llega ahora a nuestras pantallas, ‘El último lobo’.

A finales de los años 60, Chen Zhen (Shaofeng Feng), un joven estudiante de Pekín, es enviado a vivir entre los pastores nómadas de Mongolia Interior. Chen llega para educarlos, pero tiene mucho que aprender sobre el modo de vida en esa tierra ilimitada y hostil. Sobre la noción de comunidad, de libertad y de responsabilidad, y sobre la criatura más temida y venerada de las estepas: el lobo. Seducido por la compleja y casi mística relación entre estas criaturas sagradas y los pastores, capturará una cría de lobo con la idea de domesticarlo. Pero la relación entre el hombre y el animal y el modo de vida tradicional de la tribu se ven amenazados cuando un oficial del gobierno central decide eliminar a los lobos de la región.

Más allá de sus orígenes, Jean-Jacques Annaud es un director que ha rodado la mayor parte de su filmografía fuera de Francia y en otros idiomas, algo que vuelve a hacer con ‘El último lobo’, realizada en localizaciones de China y Mongolia con actores locales y hablada en mongol y chino mandarín. Todo ello para contar una historia que pone énfasis en la relación del hombre con la naturaleza, una relación siempre en la cuerda floja por las ansias expansionistas del ser humano y la amenaza que supone para otras especies, en este caso lobos. Chen Zhen es un joven chino educado en los nuevos valores de la sociedad que llega a un poblado de Mongolia en el que el tiempo parece haberse detenido. Un lugar en el que sus habitantes recurren al nomadismo para soportar el paso de las estaciones y donde los cadáveres se entierran allá donde caen, porque es así como lo quiere su divinidad. Un lugar en el que los hombres y los lobos se tratan como iguales y mantienen una suerte de pacto silencioso para no perjudicarse mutuamente. Los hombres les dejan parte de la caza y los lobos no atacan a sus rebaños.

Como no podía ser de otro modo, este equilibrio se verá amenazado con la llegada de la sociedad industrializada, que busca llevarse todos los recursos a su alcance y también mermar la presencia de lobos en la zona, algo que no gustará a los cánidos, que se tomarán la justicia por su mano. A pesar de que hombres y lobos no pueden ni deben relacionarse, el joven chino acabará apiadándose de las matanzas de lobeznos y se quedará con uno de ellos al que criará como su mascota, a escondidas del resto de pobladores, sin saber que la raza acaba pesando (como diría el refrán, “la cabra tira al monte”) y ese lobo criado en cautividad será objeto de disputas entre los dos bandos.

Habrá a quien le pueda dar pereza una historia ambientada en las praderas de Mongolia sin actores conocidos, pero Annaud es viejo zorro y sabe construir una historia en la que usa ese entorno natural para dar un mayor poderío visual (no en vano la película se estrena también en formato 3D) en una trama que recuerda al western tradicional, en la que los indios son los lobos, que acechan en silencio desde las alturas la actuación de sus rivales y los humanos son los vaqueros, víctimas o verdugos según la ocasión. Todo ello pespunteado con la música de tono épico compuesta por James Horner (‘Titanic’), en la que el autor vuelve a repetir esa nota musical de trompeta que ha dejado caer en otras de sus bandas sonoras, en una especie de firma sonora.

Fue Hitchcock el que dijo que era mejor no trabajar ni con niños, ni con animales ni con Charles Laughton y el hecho de usar animales ha creado no pocas dificultades en el rodaje de varias producciones. Sin embargo, eso no parece ser un problema para Jean-Jacques Annaud, que tras vérselas con osos y tigres, también sale airoso de hacerlo con los lobos, criados para su participación en el filme. Los cánidos de ‘El último lobo’ dan la talla como antagonistas de los hombres en un canto al amor por la naturaleza, la necesidad de respetarla y protegerla para nuestra propia supervivencia. A este mensaje el director francés le añade su habitual toque lúdico, ayudado por el guión de John Collee (‘Master and Commander’) y Alain Godard, colaborador habitual del director, que adaptan la novela autobiográfica de Jian Rong. El resultado final es una película muy entretenida y visualmente excelente, muestra de ese cine hecho a la vieja usanza, del que merece verse y disfrutarse en pantalla grande.