‘Regreso a Ítaca’: Los ideales y las frustraciones

Cuba es un país que en el imaginario colectivo permanece como un lugar de clima agradable, amigable, buen alcohol, mejor tabaco y un gobierno dictatorial (comunista/revolucionario para otros). Un lugar que en pleno siglo XXI parece anclado en otra época y que en los próximos años podría ver cómo cambia su suerte con motivo del acercamiento entre sus dirigentes y los de Estados Unidos, su rival desde hace décadas. Un acercamiento para incorporarse a ese mundo occidental/capitalista del que se renegó en su día y que parece ser, mal que pese, la única posibilidad de lograr un poco de progreso. Del régimen castrista y sus consecuencias en la población cubana han dado buena cuenta una gran cantidad de artistas de la isla caribeña, en diversos libros y películas muchas veces prohibidos en sus países de origen y ahora lo hace un realizador francés, Laurent Cantet que muestra esa visión del extranjero, tantas veces certera por estar libre de prejuicios.

Laurent Cantet

Laurent Cantet saltó a la fama de la comunidad cinéfila al lograr en 2008 la Palma de Oro del Festival de Cannes con ‘La clase’, un fresco a la realidad de Francia de hoy a través de sus jóvenes estudiantes, con la presencia de varias razas y clases sociales y el valor que se da a la educación y al aprendizaje cultural. Cantet ya había dejado buenas sensaciones con filmes como ‘Recursos humanos’, ‘El empleo del tiempo’ o ‘Hacia el sur’, pero el galardón en Cannes fue su consagración definitiva. Sin embargo, su siguiente proyecto, ‘Foxfire: Confesiones de una banda de chicas’, rodado en Estados Unidos y en inglés, no le fue tan bien y sus últimas producciones han estado radicadas igualmente en el continente americano, aunque un poco más al sur. Después de rodar un episodio de la película colectiva ‘7 días en La Habana’, ha vuelto a Cuba para filmar su nuevo largometraje, ‘Regreso a Ítaca’. Cantet usa como inspiración el libro ‘La novela de mi vida’, del escritor cubano Leonardo Padura, para realizar un retrato sobre una generación decepcionada con el paso del tiempo y sus ideales de juventud.

Cinco amigos se reúnen para celebrar el regreso de uno de ellos, Amadeo (Néstor Jiménez), después de dieciséis años de exilio. Desde el crepúsculo hasta el amanecer, recuerdan sus tiempos de juventud, el grupo que formaban, la fe que tenían en el futuro, y también su desencanto.

Ítaca fue la patria de Ulises, a la que debía volver tras 20 años fuera de ella tras luchar en la Guerra de Troya, según la ‘Odisea’ de Homero. Una patria en la que le esperaba anhelante su esposa Penélope y de la que le separaban diversas dificultades. Amadeo regresa a Cuba tras años de ausencia y de una dura vida como inmigrante en España, aunque a diferencia de Ulises, los que allí le reciben le dejan claro que tampoco están deseosos de que vuelva para quedarse. Amadeo quiere recuperar las sensaciones de su juventud, pero sus amigos le recuerdan que los ideales de aquellos años se han ido al carajo y los que fueron unos jóvenes ilusionados ahora son cincuentones amargados por una vida a la que no han podido o no han sabido adaptarse.

Jorge Perugorría (‘Fresa y chocolate’, ‘Cosas que dejé en La Habana’) es el más conocido en nuestros lares de un elenco protagonista que cumple con solvencia a la hora de encarnar a ese grupo de cincuentones frustrados. El personaje de Perugorría es el clásico trepa que renuncia pronto a los ideales, al darse cuenta de que con ellos no irá a ningún sitio y prefiere valerse de mentiras y artimañas para vivir más cómodamente, sin duda el mejor instalado del grupo de amigos. El resto mantuvo sus convicciones y con ellas nada les ha ido mejor, teniendo que vivir de empleos precarios. Amadeo quiere volver a Cuba para escribir y sentirse protagonista de su propia vida, algo que abandonó cuando emigró y solo pudo preocuparse de cómo sobrevivir. Sin embargo, los suyos le aseguran que regresar no le aportará nada y que el camino artístico en un país como el suyo es poco recomendable, donde muchos viven de chanchullos y trapacerías.

El relato de ‘Regreso a Ítaca’ puede recordar en cierto modo a los años últimos del franquismo y la Transición en España (incluso en referencias musicales populares en aquellos años, como el ‘Eva María’ de Fórmula V y Joan Manuel Serrat), donde una generación se examinó al término de una dictadura que se había extendido durante décadas y los que mejor salieron librados fueron aquellos que se adaptaron como camaleones y abrazaron el nuevo orden como si nada, haciendo bueno aquello del “donde dije digo, digo diego”. Mientras tanto, los íntegros se quedaban a dos velas, como plantea el filme de Laurent Cantet, que deja una amarga conclusión sobre cómo funcionan las cosas en Cuba en particular y del resto del mundo en general.

La puesta en escena de Cantet es abiertamente teatral, con unos pocos personajes enclavados en el mismo escenario y donde la acción se desarrolla a través del diálogo. Sin embargo, eso no significa que sea una narración estática, pues la terraza donde transcurre la mayor parte del metraje nos brinda una panorámica de La Habana y a la terraza llegan los ruidos de la calle, de música a elevados volúmenes, de gente con disputas amorosas, de celebraciones deportivas e incluso de cerdos sacrificados a plena luz. Ligeros apuntes para conocer la naturaleza de un pueblo vitalista a pesar de las dificultades. Porque en ‘Regreso a Ítaca’ hay reflexiones amargas, pero también hay cabida para el humor, incluso cuando la situación no es la más adecuada para sonreír. Porque sus protagonistas tienen cosas que echarse en cara, pero no por ello dejan atrás la amistad, que también tiene ese componente de decirse entre ellos lo que no le permitirían a cualquier otro.

‘Regreso a Ítaca’ es una notable película que habla de la contradicción los ideales que concebimos y que nos ayudan a seguir hacia adelante y las frustraciones que vienen cuando no se cumplen. Esa tensión entre la ilusión personal y la realidad es uno de los grandes temas del cine de Laurent Cantet, con el que hemos tenido la ocasión de hablar días antes del estreno del filme.

-La película puede ser entendida como una decepción de los ideales revolucionarios de Cuba, pero también como la decepción que viene siempre en determinado momento de la vida.

Sentí que tenía derecho de hacer la película. Habla de la situación cubana, desde luego, pero también de algo más universal, de nuestras esperanzas, nuestros ideales, las traiciones y desilusiones que hemos vivido todos.

-¿Cómo ha sido redactar un guión con temperamento cubano, en contra de los guiones de sus primeras películas, más fríos?

Es la película en la que más me acerco a la gente, en la que las emociones se expresan de una forma más directa. Generalmente evito los paroxismos, pero aquí me he dejado llevar por el temperamento cubano, lo que me sorprendió a mí mismo. Hubo incluso una escena en la que me puse a llorar cuando les estaba filmando, tuve que obligarme a aceptar esa relación emocional. Fue bastante gracioso, porque los cubanos tienen una forma muy teatral de hablar y moverse, así que yo les decía “no, sed más naturales” y ellos me decían “no, perdóname, yo soy cubano, es mi forma de hablar”. La mayor dificultad no fue el idioma, había aprendido español durante meses y me sabía de memoria el guión, mi asistente es franco-cubana y ella podía arreglar los problemas de comprensión. Me sentí enfrentado a una forma cultural muy peculiar a la que no estaba acostumbrado, así que todos nos adaptamos a nuestra forma de ser. Creo que me cubanicé un poco (risas).

-Algunos han hablado de la influencia en la película de la literatura de Guillermo Cabrera Infante, ¿es así?

No. He leído sus libros y me gustan mucho, pero la influencia es esencialmente de Leonardo Padura. Antes de conocerlo lo había leído todo de él y le gusta contar la gran historia de Cuba a través de pequeñas historias y me reconozco en ello, yo también tengo esa forma de ver el mundo. A Cabrera Infante le leí bastante cuando preparaba ‘Hacia el sur’, que creo que tiene más que ver con él que ‘Regreso a Itaca’.

-A lo largo de su carrera ha recibido varios premios. ¿Cómo le hacen sentir? ¿Le gustan o le dan un poco igual?

¡Claro que me gustan! (risas). Piensas que ayudará a que más gente vea la película y aporta confianza en uno mismo. Cuando haces una película, al menos yo, a menudo me siento un poco debilitado, es difícil distanciarse para evaluar lo que uno hace y surgen siempre las dudas. Cuando viene el reconocimiento de un jurado o el público es algo esencial, sobre todo al inicio de la carrera comercial de una película. También está la satisfacción personal, que tampoco hay que olvidar. La Palma de Oro fue un momento muy conmovedor para mí, era lo último que podía soñar. Parecía imposible y la compartimos con los chicos de la película, con el equipo. Había una coherencia entre el rodaje y como vivimos el momento.

-¿Cree que ahora tiene más libertad para sacar proyectos adelante?

Pude hacer ‘Foxfire’ después de ganar la Palma de Oro y el éxito que tuvo ‘La clase’. ‘Foxfire’ fue más cara y más compleja de hacer y me dejaron hacer la película como quería, con actrices no profesionales, con un guión flotante y fue todo un privilegio. No fue un gran éxito comercial y ahora tengo la impresión de que vuelvo al punto inicial. ‘Regreso a Itaca’ se hizo con muy poco dinero, la rodamos en 17 días con un equipo de 10 personas. No es que me disguste, al contrario, fue voluntario después de la inmensa máquina que supuso ‘Foxfire’. Tenía 90 personas en el rodaje, camiones por todas partes, tenía la sensación de tener que proteger el plató de todo el circo que lo rodeaba. Y ahora creo que la energía del rodaje se ha trasladado a la película.

-Aquí en España se ve al cine francés como un ejemplo a seguir, por la atención que recibe del público y las instituciones. Sin embargo, se oyen opiniones de gente de allí que parece contradecir un poco esa imagen idílica. ¿Cómo lo ve?

Una de las grandes inquietudes que tenemos en Francia es la desaparición de las películas medianas, que cada vez es más problemático hacerlas. Aunque por suerte tenemos una regulación gracias al CNC (Centro Nacional de la Cinematografía), al adelanto sobre la taquilla, a las ayudas que todavía tenemos. Pero las subvenciones están cayendo por todas partes y me temo que eso también le pasará al cine. Es paradójico, porque nunca ha habido tanta taquilla en las películas francesas, pero se concentra en unas pocas películas. Y es verdad que los productores quieren hacer películas con el mismo formato para tener éxito, además están las televisiones que colaboran en la producción y quieren productos muy enmarcados para estar seguros de que cuando lo emitan haya espectadores que los vean. Tenemos que estar muy vigilantes para seguir haciendo las películas que queremos hacer. No va a ser fácil, pero vamos a luchar para poder hacerlo.

-Le leí en otra entrevista que cuando acaba una película cree que será la última. ¿Sigue pensándolo?

Sí, y ahora mismo estoy en eso. Tengo la impresión de que cada vez hay una idea que llega, no sé de donde, de un libro que leo, de un artículo de periódico, pero siempre estoy a la espera. Y necesito convencerme a mí mismo de que las ideas que empiezo a tener van a mantenerme con las ganas y la energía necesaria durante 3 o 4 años, porque yo trabajo lento, necesito ese tiempo de maduración.

-¿Cuáles son sus proyectos de futuro?

Solo sé que la película transcurrirá en Francia y que me gustaría describir el sentimiento de impotencia política de jóvenes que no pueden controlar sus vidas y que se pueden sentir atraídos por extremismos, que en Francia son extremismos de derechas. Será la historia de un chico sin trabajo y sin esperanza.