A Serbian Film (Srdjan Spasojevic, 2010)

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Estamos insensibilizados respecto a la violencia en el cine. No es algo que haya ocurrido de un día para otro. La proliferación del cine exploitation en los años setenta y la influencia del cine de autor e independiente trasladó estos elementos dramáticos al cine comercial como recursos narrativos o meros reclamos para el espectador. Esto ampliaba el abanico de posibilidades para tratar temas e historias de contenido más adulto para el público general, pero también supuso al poco tiempo su infantilización en la década siguiente. Comenzó una tendencia en la que el cine de acción y de terror trataba actos aberrantes con tono cómico o irónico y se usaba una representación exagerada pero carente de cualquier ambición de verosimilitud. Con los medios técnicos y los efectos especiales actuales el paso siguiente ha sido desligarse completamente de la realidad para pretender convencernos de que las imágenes son lo auténtico.

El cine, como cualquier ficción, es una metáfora de la vida. Al eliminar cualquier atisbo de subtexto o nivel de interpretación más allá de lo que ocurre literalmente en pantalla, las imágenes pierden su significado. ‘Taken 3 (2014)‘ o ‘A Good Day to Die Hard (2013)’ son un buen ejemplo de ello. Tratan de imponer su propia autenticidad. Sus reglas son las reales y por eso no necesitan justificar las decisiones de los personajes ni la falta de consecuencias de sus actos. Porque para sus responsables, el hiperrealismo artificioso y la exageración de sus explosiones, tiroteos, luchas y persecuciones es lo único que existe. La consecuencia es que narrativamente están totalmente vacías, como muñecas rusas que ofrecen únicamente una visión superficial y recursiva de sus relatos. Relatos repletos de actos violentos que sin objetivo dramático rebajan al mínimo su impacto emocional o moral en el espectador.

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En ‘A Serbian Film‘ un antiguo actor porno retirado recibe una suculenta oferta de un misterioso director para regresar a la profesión una vez más. El único inconveniente es que no sabrá de qué trata la película ni que va a rodar hasta que llegue el momento de demostrar sus dotes interpretativas. Todo por un afán obsesivo de dotar de credibilidad a sus reacciones ante la cámara. Aunque sus principios sean un poco laxos en algunos aspectos, lo sórdido, mórbido, enfermizo y depravado de las situaciones llevan pronto al límite a Milos. Una víctima de las circunstancias que se ha intentado aprovechar de una situación ventajosa sin pensar en las verdaderas consecuencias de su compromiso. Pero no hay peor verdugo ni torturador que una víctima desconectada de su humanidad, forzosamente o no. Son ellos capaces de realizar la mayor de las barbaries, incluso sobre sus seres queridos.

Spasojevic usa la violencia gráfica y explícita como parte de un discurso que pretende retratar la situación de su país y de su cinematografía. Traspasa todo tipo de corrección política, tabú y norma asumida, mostrando en cada plano actos más horrendos que en el anterior. Escena a escena pone a prueba nuestro aguante mientras critica precisamente la incapacidad del espectador para sentir nada ante la explotación omnipresente de esos mismos mecanismos. La necesidad de sentir algo nos lleva a querer ver lo más monstruoso de la naturaleza humana siempre a una distancia de seguridad que atenúe la percepción salvaje y básica de los impulsos que nos mueven a querer disfrutar de ello. En su desarrollo el director supera la fase en la que la imagen pierde simbolismo y termina por recuperarlo, añadiendo una capa adicional de lectura imposible de encontrar si se tratara exclusivamente de una simple provocación.

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¿Qué diferencia ‘A Serbian Film’ de cualquier cinta gore o bélica en las que se muestran las mayores crueldades capaces de imaginar o cometer el ser humano para que fuera prohibida o censurada en multitud de países y generase tanta polémica en su momento? La hipocresía de una sociedad que no soporta el sentido de realismo más allá de incomodar al espectador gratuitamente y la crudeza absoluta en sus imágenes. Aquí no hay espacio para la ironía ni para disminuir la gravedad de lo que se ve. Si fuera un documental tendría menos fuerza narrativa que esta misma pieza siendo ficción. Al mismo tiempo estamos tan acostumbrados a ver atrocidades cada día en los informativos de cualquier cadena de televisión, que resulta curioso que nadie se cuestione la necesidad de censura de las imágenes de una guerra o desastre pero si se considere pernicioso el supuesto abuso de la violencia en el arte cuando tiene una verdadera razón de ser.