100 años de Orson Welles

Fotograma de 'Ciudadano Kane'

Fotograma de ‘Ciudadano Kane’

Hoy, día 6 de mayo, se cumplen 100 años del nacimiento de Orson Welles. Parte del equipo de La culpa es del script hemos reseñado algunas de las películas más destacadas de su filmografía. Pasen y escojan con cual homenajearle esta noche.

Ciudadano Kane (1941)
Por Juanma Ruiz

Rosebud
Un orbe de cristal lleno de nieve
se rompe contra el suelo en mil fragmentos.
Atrás, prohibido el paso, último aliento:
que el sueño del injusto te sea leve.

Y no hallarás titular que te eleve
sobre el invierno de tu descontento,
perdida ya hasta el alma en el intento
de volar por encima de la plebe.

Conciencia por demás contradictoria,
mandas guerras a vuelta de correo
tan ebrio del poder de ser historia.

Hacer del cine un arte del deseo,
estilizar la vida y la memoria,
viajar a la inocencia en un trineo.

 El cuarto mandamiento (1942)
Por Henar Álvarez

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“Honrarás a tu padre y a tu madre” reza el cuarto mandamiento, pero el pequeño Georgie solo busca contentarse a sí mismo. El transtorno narcisista de la personalidad de Charles Foster Kane se mantiene latente en el personaje de George Minafer, hijo único, malcriado y caprichoso. Tan egoista que es capaz de llevar a la desdicha su propia vida y la de todos los que le rodean por no asumir que su madre rehaga su vida sentimental después de la muerte de su padre. Un desgraciado al que le faltó un bofetón a tiempo. Ya lo cuchilleaban las vecinas durante su infancia, le estaban malcriando.

Truffaut la definió como una película llena de sensibilidad cercana al cine de Jean Vigo y Truffaut nunca se equivoca. A pesar de los 43 minutos amputados por la RKO, ‘El cuarto mandamiento‘ es una de las obras cumbres de Orson Welles. Después del fracaso en taquilla de ‘Ciudadano Kane’ la productora desechó varios de los proyectos que propuso por resultar demasiado arriesgados. Aceptaron que rodara esta versión de la novela ‘The Magnificent Ambersons‘ pero no tendría palabra en el resultado final. A pesar de ello, las modificaciones que realizaron no borraron la emoción y la magnificencia característica de las imágenes de Welles.

“Yo la escribí y la dirigí, mi nombre es Orson Welles.”. Así, con tono imponente, cierra el director este drama sobre la pérdida de poder, los amores pasados y la posición de la mujer en el S. XIX. Pocos, muy pocos, han sabido retratar como las obsesiones consumen al ser humano. Simplemente, lo había vuelto a hacer.

La dama de Shanghai (1947)
Por Cristina Sánchez

Fotograma 'La dama de Shangai'

Las cartas sobre la mesa desde el principio, cuando Michael O’Hara (Orson Welles) realiza una declaración de intenciones universal. Se define como incapaz de oler el peligro, pero muy capaz de tragarse todas las mentiras que le permite su orgullo. ¿Quién no se reconoce? Convertido en kamikaze o sin haber dejado de serlo, se lanza cual Don Quijote (el gran proyecto de Welles, nunca completado) detrás de Elsa Bannister, una mujer fatal con una vuelta de tuerca de más. Todo sucede mientras te preguntas cómo se ha dejado liar desde el minuto uno si está claro que ella está muy loca. Entonces recuerdas cómo ha empezado a introducirte la inconfundible voz en off en esta historia de muñecas rusas: ‘Cuando me dispongo a hacer el ridículo, pocas cosas pueden detenerme’.

El que sigue su naturaleza, la mantiene hasta el final. Y aunque no le dejaron participar en el final cut, y en esta historia te pierdes más de una vez, gracias a su maestría, Welles fue capaz de elevar el guión de una obra mediocre a la categoría de obra maestra. ‘La dama de Shanghai’ está repleta de ángulos de cámara inverosímiles, composiciones de planos surrealistas, ambigüedades y multitud de escenarios diferentes en los que el plano/contraplano ortodoxo brilla por su ausencia. La desmesura y la desproporción bien entendida siempre fue la mejor firma de la casa. Gracias a esto y contraviniendo la gran norma, convirtió una película de encargo para el lucimiento de Rita Hayworth en el más puro cine de autor.

¿Qué tiene de especial ‘La dama de Shanghai’? Unos personajes moralmente decadentes y en el filo de la navaja, el juicio más surrealista hasta para los fans de Ally McBeal, una de las secuencias más inolvidables de la historia del cine en una sala de espejos y uno de los happy ends más tristes que se recuerdan: ‘Tal vez viva lo suficiente para olvidarla, tal vez muera intentándolo’.

Sed de mal (1958)
Por Nacho Jouve

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Es curioso como muchas veces algo hecho como Dios manda, por usar un eufemismo no sé si más o menos adecuado, termina como el Rosario de la Aurora y, por contra, algo hecho con más que indicios de desfachatez, falta de moralidad o directamente, fuera de la legalidad, termina saliendo a la perfección. Es algo rebuscado sí, puede que hasta retorcido y, seguro, muy nimio, pero podría ser una aceptable entrada para lo que nos ocupa en cuestión.

“Cierro este dossier con el ruego muy sincero de que acepten este breve croquis en que tan larga y duramente he trabajado” Según la copia o edición que hayan disfrutado llevará o no esa frase justo antes de aparecer el nombre del gran estudio al que pertenece. Pero las palabras, ni son de ellos, ni mías, son de él y de su película maldita. Maldita sí, pero perfecta.

A él, el encargo, le llega casi de rebote. El proscrito exiliado regresaba allí de dónde nunca quiso irse para hacer lo que siempre había querido pero, se encontró con que actuar sí, dirigir no. Un golpe de suerte, y de Charlton Heston también, le puso al mando del cotarro, o eso pensó él. Lo que sí es cierto es que creó y dirigió a su gusto y lo hizo, no como Dios manda, sino con influencias de terceros para que él pudiera hacerlo. Ben-Hur es mucho Ben-Hur. Hasta para la Universal.

‘Sed de mal’ empezó así. Con un director “impuesto” por un actor más norteamericano que la bandera interpretando a un recto agente de la ley mejicano. Y terminó con una de las germanas más rubias y más visualmente letales que han existido despidiéndose como una gitana mejicana más morena que la noche y en un perfecto castellano. Su “adiós”, es irrepetible. Como todo lo demás que hay entre medias. Dos tramas tan bien llevadas como mezcladas. Dos álter ego tan bien enfrentados como convergentes. La eterna cuestión de si el camino importa o no cuando el destino al que se llega es el correcto. Quinlan (Orson Welles), el respetado, lo alcanza a base de tretas y delitos. Vargas (Charlton Heston), el temido, lo hace como dicta la ley. ¿Cuál es valido? Decidan ustedes. Él ya lo hizo. Después los productores se lo modificaron como Dios manda y él mismo redactó un manuscrito de 58 páginas gracias al cual disfrutamos todos de esa ‘Sed de mal’. La suya. La retorcida, la barroca, la expresionista y la, muchas veces, asfixiante para el espectador. Él la planificó así. Amoral pero certera. El resto, incluidas Janet Leigh y Marlene Dietrich, es historia del cine. Como su arranque. Como su “adiós”.

El proceso (1962)
por Rebeca Hernández

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Una mañana cualquiera la policía irrumpe en tu habitación, antes incluso de que suene el despertador. Eres arrestado bajo unas condiciones especiales que te permiten seguir haciendo tu vida “normal”. No sabes qué delito has cometido, aunque la gente a tu alrededor sí que parece saberlo… y tú te sientes culpable de no sabes qué. Eso es lo que le sucede a Joseph K., que mientras espera a ser juzgado continúa con su rutina en una oficina, que se asemeja bastante a una inquietante colmena de celdas idénticas.

En su afán por alcanzar la máxima de que la ley está al alcance de todos, K. se sumerge en un ambiente onírico en medio de una sociedad distópica, que se convierte en una pesadilla asfixiante, para el protagonista y el espectador. Al tiempo que recorre interminables pasillos, cruza puertas gigantescas y sube o baja inestables escaleras, se crea un juego visual ligado a las obras de M. C. Escher o G. B. Piranesi. Una sensación opresiva lo invade todo.

El camino de la justicia se complica a cada paso, se mezclan, en combinación peligrosa para un ciudadano de a pie, intentos de soborno, humillaciones, actos de dominación y doble moral. Como no puede ser de otro modo, procedentes todos ellos de quienes tienen el poder y las leyes entre manos. Sólo parece vislumbrarse una leve posibilidad de salvación en los juegos de seducción intermitentes en los que las mujeres abren a K. vías de escape ante una complicada huida.

F for fake (1973)
Por Ramón Rey

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Con la obsesión por el found footage en la ficción y el uso de técnicas narrativas artificiosas para involucrar al público en los documentales parece haberse perdido la verdad fundamental sobre el cine y el arte: todo es falso. En ‘F for Fake (1973)‘ el mago capaz de provocar el pánico en la audiencia radiofónica de Estados Unidos por una falsa invasión de marcianos cuenta la historia de un falsificador de cuadros y de un falso biógrafo y el resultado es… la verdad. Una verdad. La que quiere contar Orson Welles en un videoensayo que juega desde el primer momento con los mecanismos primordiales de la mente del espectador y de la esencia del arte. Todo ello utilizando un ágil montaje que entreteje las historias de sus protagonistas como si se estuviera presenciando un diálogo con la audiencia y el propio director que pregunta, responde, refuta y ¿engaña?

En todo acto de creación se requiere de un contrato entre el creador y el que disfruta de la obra. Pero ¿quién decide lo que es auténtico y lo que no lo es? ¿Qué es verdadero y qué es falso? El valor de una obra como concepción original o intención puede esfumarse si el supuesto experto niega su legitimidad o el crítico rechaza su propuesta. ¿Tiene la obra valor en si misma o depende del origen de su autoría? Welles no para de introducir dudas y contradicciones o de cuestionar la autenticidad de los hechos establecidos por otros. El gran número de magia del que somos testigos involucra elementos metareferenciales, autobiográficos y una ayudante que hace que desviemos la mirada el tiempo suficiente como para que el truco sea tan certero como imposible de explicar con humo y espejos. El arte es una gran mentira al servicio de la verdad.

La aparición de Orson Welles en ‘Luz de luna‘ (1985)
Por David García Gallardo

El 30 de octubre de 1938, un Orson Welles de 23 años logró su primer hito artístico al meter el miedo en el cuerpo a todos aquellos estadounidenses que creyeron que les invadían los extraterrestres  mientras escuchaban la emisión radiofónica de ‘La guerra de los mundos’, basada en la novela de H.G.Wells. El 15 de octubre de 1985, Orson Welles, ya con 70 años, aparecía al inicio del capítulo de una teleserie de moda por aquel entonces, que congregaba a millones de personas ante el televisor cada semana. En este caso advertía a los espectadores que no se alarmaran, porque lo que estaban a punto de ver era un capítulo de la serie algo distinto de lo habitual. La serie era ‘Luz de luna’, protagonizada por Cybill Sheperd y Bruce Willis y el episodio, el número 4 de la segunda temporada, se titulaba La secuencia del sueño siempre llama dos veces’. 

A los responsables de ‘Luz de luna’ siempre les gustó juguetear con los géneros y la metatextualidad; uno de esos giros fue hacer un capítulo inspirado en el cine negro clásico, rodado en blanco y negro, con un título que era un guiño a la famosa novela de James M. Cain y un misterio por resolver. Y qué mejor forma de llevar a cabo el homenaje que contando con Orson Welles, alguien que había logrado la fama en aquellos años y que había usado el blanco y negro en algunas de sus producciones más famosas. Además de la ironía de que esta vez avisaría al público al principio de que todo era una licencia narrativa. Welles acogió la idea de buen grado y aceptó hacer la aparición inicial como maestro de ceremonias, fumando uno de sus característicos puros. Nunca llegó a verse en pantalla, pues pocos días después de su grabación, el 10 de octubre, con el episodio aún sin emitir, Welles moría de un ataque al corazón. Cinco días después de su fallecimiento, el capítulo, dedicado a su memoria, salía a la luz, descubriendo quizá a muchos que ni habían nacido cuando se emitió ‘La guerra de los mundos’ que ese señor orondo y envejecido que aparecía fumando un puro fue un hombre importante. Un hombre que ayudó a que el cine sea llamado Séptimo Arte.

Don Quijote de Orson Welles (1992)
Por Manuel Martín

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Orson Welles murió y dejó inconclusa su adaptación de ‘Don Quijote de Orson Welles’. La más célebre de sus obras incompletas. Y es que no encuentro mejor forma de terminar una obra, que dejándola inacabada, vivita y coleando. Una película que era más sueño que proyecto, y en aumento, con el tiempo, obsesión. ¿Acaso el cine no lo es? En cierto modo, es como la vida misma, nadie muere, deja de vivir. Te obligan, es la ley. Dejar obras, para muchos, maestras, y otras llenas de páginas y páginas en blanco; no es un mal legado. Ya las escribirán otros por ti, aunque parezcan inabarcables. Y en realidad lo son, pues no tienen tu misma letra.

El rodaje de ‘El Quijote’, una revisión moderna de Orson Welles, se prolongó  durante años, en la década de los cincuenta y comienzos de los sesenta, agarrándose al fondo de la olla, sin atisbo de cocinarse, ni tampoco -algo que siguió alentado a Welles- quemarse. Con el director fallecido, Jess Franco recopiló lo rodado, lo editó y estrenó la película en los años noventa. Poco o nada importa, sino es el propio Welles quien roba horas al sueño parapetándose en la sala de montaje. Era su fase predilecta, su laboratorio personal, lleno de probetas con ideas en ebullición, donde la narración era experimento.

En una obsesión, como la de Welles y el cine, como la de Welles y Cervantes, no existe desenlace posible. Incluso muerto, seguirá estrenando películas. Welles no se acaba nunca. Muchos de sus proyectos, de sus sueños, viajarán inacabados por el tiempo, buscando infinidad de finales. O mejor aún, si cabe, viajarán tal y como solía terminar sus películas el director Val del Omar: Sin fin.