La voluntad de oír. Los Vengadores, el doblaje y la crítica de cine.

Por Juanma Ruiz

doblaje

El doblaje es una traición a las películas. Me sorprende aún, y mucho, que esto se ponga en duda. Siempre he defendido, y me parece obvio, que quien solo ha visto una película doblada al castellano no puede criticarla. Hablaba recientemente Juan Gómez Jurado en el diario ABC de los reiterados destrozos en los diálogos de ‘Los Vengadores: la era de Ultrón, que pasan de la socarronería habitual de Joss Whedon en inglés a una sarta de tópicos plana y sin lustre merced a errores de traducción y carencias en la ejecución. Pero en esto que me encontré un buen número de voces discordantes en un tema que creía aceptado, al menos, en el ámbito crítico. No seré yo quien le niegue al espectador la posibilidad de ver el cine como le venga en gana, faltaría más. Pero el crítico (por descontado) e incluso el opinador cuasiprofesional que prolifera tanto en esta era digital no deberían arrogarse el derecho a juzgar una película que no han oído. Porque, en definitiva, ver una película doblada es ver una película sin escucharla. “¡Qué mal está Robert Downey Jr.!” ¿Estás seguro? ¿Has podido apreciar la modulación de su voz, las inflexiones en su discurso, la manera en la que ajusta la dicción a la acción del cuerpo o el modo en que esta se engrana con la del resto del reparto? ¿Sabes siquiera si ese chiste que tan malo te pareció estaba en el guion original?

No es, por desgracia, el caso que mencionaba Gómez Jurado un hecho aislado, sino mucho más común de lo que pudiéramos pensar. Ocurre que los espectadores de la V.O. intentamos no ver cine doblado, y los fieles del doblaje suelen evitar a toda costa las versiones subtituladas. Así que a unos y a otros se nos escapa la posibilidad de comparar, pero cuando esto ocurre, el resultado es desarmante. Woody Allen tuvo que ver cómo ‘Vicky, Cristina, Barcelona’ pasaba en el proceso de doblaje de ser una comedia a un drama. Vamos, toda una tragedia. Por no hablar de actores que son directamente imposibles de doblar: cualquiera que vea el trabajo de David Tennant o Matt Smith en Doctor Who, o de Benedict Cumberbatch en Sherlock, se retorcerá de dolor al sentir en sus tímpanos las versiones castellanas de cualquiera de ellos. “Pero en España tenemos a los mejores dobladores”. Este tópico no solo no es cierto (o hace mucho que dejó de serlo, desde que el doblaje como herramienta de control franquista pasó a la historia), sino que, incluso cuando lo es, resulta irrelevante. Iván Muelas o Claudio Serrano, por poner algunos ejemplos de grandes dobladores actuales, nunca podrán hacer el trabajo de Cumberbatch o de Christian Bale. Porque las horas de preparación de un actor, la inmersión en su personaje, el trabajo dedicado en cuerpo y garganta a un papel, son sencillamente imposibles de replicar en un estudio de grabación.

Pero los subtítulos también mutilan la película” y “También la gente que no sabe inglés tiene derecho a ver películas”. Estas dos las coloco juntas, porque se refutan en pack. Evidentemente, la única manera de ver la obra exactamente como la concibió su autor es en versión original sin subtítulos, teniendo un dominio del idioma. Pero no todo el mundo sabe inglés o francés, y no digamos ya alemán, chino, coreano o tagalo. ¡Sorpresa! Los subtítulos en castellano llevan un siglo permitiéndonos ver películas en cualquier idioma, independientemente de que lo conozcamos y dominemos o no. Claro que dependeremos también de que la traducción sea buena, y claro que ahí también a los defensores de la V.O. nos la pueden meter doblada, pero en primer lugar al menos podremos comprobar de primera mano el trabajo vocal del actor; y por otro lado, la traducción de los subtítulos tiene muchos menos condicionantes que la del doblaje: para este último hay que ajustarse lo máximo posible al movimiento de los labios, lo que obliga con demasiada frecuencia a tomarse ciertas libertades al elegir las palabras castellanas que irán en cada línea de diálogo. Los subtítulos podrán pecar, en ocasiones, de sintetizar más de la cuenta, pero al final todo es una cuestión de grados: el espectador pierde mucho más de la obra original cuando se dobla que cuando se subtitula. La segunda opción es el mal infinitamente menor.

También se traducen los libros”. De oca en oca, volvemos a la casilla anterior: si yo no sé idiomas, necesitaré un traductor que ejerza de intermediario, y esto es completamente inevitable. Pero, contando con su profesionalidad (que a veces es mucho contar), el traductor no se verá obligado a desnaturalizar la obra por razones tan peregrinas como “es que hay que ajustarse al movimiento de la boca de Dustin Hofmann, así que donde dice ‘familia desestructurada’ pon ‘casa’.”

Pero es que mientras leo me pierdo las imágenes”. Esta la suele hacer gente que tuitea y manda whatsapps a la vez que ve películas dobladas en el sofá de su casa, así que tengo la tentación de pasarla por alto directamente. Pero baste decir que solo es necesaria una competencia lectora básica (nivel sexto de primaria, pongamos) para que la pérdida de información visual sea mínima. Y el argumento de la dificultad para leer subtítulos tampoco es válido en el caso de la gente invidente: como he dicho más arriba, me parece estupendo que exista el doblaje, del mismo modo que existen las audiodescripciones para que un espectador ciego pueda disfrutar de una película o serie. Cualquier herramienta que sirva para acercar el cine a todo tipo de espectadores es necesaria y bienvenida. Pero aquí no hablamos de aniquilar el doblaje, ni de obligar a la gente a consumir V.O. Se trata de reconocer en toda honestidad que juzgar una película por su doblaje, igual que juzgarla por su tráiler, por su cartel o por su título en español, es ser injusto con ella. Porque igual que sería poco menos que impensable que ejerciera como crítico de cine alguien sin la capacidad de ver, no puede darse por bueno el juicio de valor de quien carece de la voluntad de oír.