‘Las altas presiones’: La observación del paso del tiempo

Las últimas Navidades estuve en mi tierra natal y me reuní con los antiguos compañeros de colegio, aquellos con los que compartí aulas durante años y de los que me separé cuando abandoné mi ciudad de origen para estudiar y trabajar lejos de allí. Ahora hablamos poco durante todo el año, casi ni para felicitarnos los cumpleaños, cada uno en un punto distinto de la geografía y con sus propios asuntos, pero sé que en Navidad les llamo para quedar y me están esperando, como siempre estuvieron disponibles en los años de niñez y adolescencia. Ahí aprovechamos para ponernos al día de nuestras vidas y estos repasos han ido cambiando con el tiempo. Lo que en principio se quedaba en cambios de pareja o trabajo ahora se ha convertido en cambios en apariencia más profundos, como son casamientos y embarazos, algo que hace darse cuenta del paso del tiempo y de cómo nos ha afectado. Parecía ayer cuando éramos unos chavalejos con ganas de abrirnos camino en el mundo y salir de la ciudad y el ambiente que nos había rodeado durante tanto tiempo para probar otros horizontes cuando, de súbito, esa gente se ha convertido en incipientes esposos y padres de familia mientras yo me sigo sintiendo como ese chavalín de espíritu inquieto. La diferencia está en que ya no tengo 18 ó 20 años, sino 32 y todo ha ido cambiando, incluida la ciudad originaria, donde varias calles y plazas han mudado su aspecto y ahora nos hacen sentir como abueletes que recuerdan cómo era la ciudad sus tiempos. Un paisaje que reconocemos, pero cuya cotidianeidad ya no nos pertenece. Permítanme este párrafo autobiográfico para tratar de explicar lo que me ha traído a la mente la película ‘Las altas presiones’

Miguel (Andrés Gertrúdix) viaja a Pontevedra, su ciudad natal, con el encargo de registrar las localizaciones para una película. Su viaje lo lleva de regreso al lugar en el que creció, al reencuentro con viejos amigos, pero también, a la posibilidad de una nueva relación: Alicia (Itsaso Arana), una joven enfermera que conseguirá apaciguarlo. Miguel tratará de llevar a término su trabajo aunque casi siempre prefiera grabar a los lugareños con los que se encuentra, los movimientos y los rostros de sus amigos, los trenes pasando o el mar.

Las altas presiones’ es el segundo largometraje del gallego Ángel Santos, que tras debutar con ‘Dos fragmentos/Eva’ ha cosechado diversos reconocimientos con su nuevo trabajo en festivales como el de Sevilla, donde se alzó con el premio a la mejor película de la sección “Nuevas Olas”. Una categoría que se ajusta bastante bien a la naturaleza del filme, que bebe del estilo de la “Nouvelle Vague” francesa, especialmente de François Truffaut, a la hora de retratar la peripecia de ese hombre que vuelve a los orígenes. Un momento en el que todo lo hecho hasta entonces parece difuminarse para que volvamos a sentirnos como aquellos jovencitos que tenían la vida por delante, aunque parte de esa vida se nos haya escapado de las manos.

Algo así le ha pasado a Manuel, que en su búsqueda de imágenes nos recuerda a los protagonistas de películas como ‘Blow-Up’, ‘La conversación’ o ‘La vida de los otros’, todos ellos testigos curiosos de las existencias ajenas mediante las cuales parece desarrollarse la suya propia, limitándose a mirar al no poder o no querer vivir en sí mismos. Manuel podría ser una de tantas personas que emigraron en busca de sus sueños, que vuelve con esa aureola de triunfo que siempre rodea a los que dieron ese salto, pero que en cierto modo se sabe un impostor y que su visión de las cosas a través del objetivo (el entorno natural y la gente que le rodea, en especial las mujeres) no deja de ser un modo de esconderse y de disfrazar la realidad, siempre más poética cuando pasa por los filtros de la cámara.

En ‘Las altas presiones’ destaca especialmente la labor de Andrés Gertrúdix, uno de esos actores que ni por nombre ni por aspecto son reconocibles para el gran público, pero que cuenta ya con varios años de carrera a sus espaldas, en los que ha participado haciendo papeles de todo tipo en películas como ‘La pistola de mi hermano’, ‘El orfanato’ o ‘La herida. Su Manuel es el hilo conductor de una historia de tono quedo, de las que dejan un hondo poso melancólico, conducida con brío por un Ángel Santos al que se le pueden reprochar ciertos manierismos de director con ganas de dejar su impronta, pero que construye un producto final muy estimable.

El caso que cito de Gertrúdix es el caso de una cinta que ha sido estrenada con un número limitado de copias y que dada su naturaleza no se intuye como un éxito masivo de taquilla y a buen seguro pasará desapercibida sin merecerlo. Un caso del que nadie se libra, pues hace poquito ha pasado discretamente por las salas ‘Negociador’, la nueva película de Borja Cobeaga tras el megaéxito de ‘Ocho apellidos vascos’, de la que fue coguionista. Si aquella atrajo a los cines a 10 millones de espectadores, esta nueva propuesta, que analiza con mucha socarronería las relaciones políticas en el País Vasco, apenas ha tenido una mínima parte de ese número de asistentes, pese a que es bastante mejor que la comedia protagonizada por Dani Rovira. La diferencia muchas veces no la establece la calidad o ni siquiera los nombres que participen, sino que el argumento y el ritmo sea lo más accesible posible y que tenga previamente una buena dosis de promoción. Este es uno de los grandes males de nuestro cine y que deja en la estacada muchas buenas películas que son estrenadas sin que lo conozca nadie que no esté al tanto de la actualidad cinematográfica. Por ello, en estos casos donde la distribución y la promoción son casi invisibles hay que agradecer que se pueda decir sin miedo a mentir que la película es buena y que merece ser vista, como le sucede a ‘Las altas presiones’. Un buen filme sobre los efectos del paso del tiempo, que nos atrapa a todos, seamos espectadores o protagonistas de nuestra vida o de las vidas de los otros.