Mad Max: el legado de George Miller

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Por Ramón Rey

La necesidad de crear franquicias basadas en títulos reconocibles para el espectador ha dado pie a la recuperación sistemática de sagas y títulos emblemáticos de los años ochenta, probablemente la época dorada del cine de entretenimiento de Hollywood y en la que nacieron muchos de los iconos más exitosos, influyentes y reconocibles de la cultura popular que todavía perduran tres décadas después. No es casualidad por tanto que Terminator, Star Wars, Poltergeist y Mad Max coincidan en un mismo año con secuelas, reboots y remakes, tirando de la nostalgia como principal recurso de promoción. Entre estas franquicias sorprende especialmente el periplo de la saga de George Miller y Mel Gibson. De sus inicios como una pequeña cinta independiente de bajo presupuesto rodada al estilo guerrilla en su primera entrega ha evolucionado hasta convertirse en una gigantesca apuesta multimillonaria de blockbuster de uno de los grandes estudios actuales.

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Un futuro próximo de una sociedad que se ha desmoronado tras un cataclismo cuyos detalles desconocemos. Un policía dentro de las patrullas que se encargan de mantener el orden, de nombre Max Rockatansky, implacable en su persecución de los criminales. ‘Mad Max‘ (1979) establece este punto de partida para desarrollar una historia a priori convencional en la que el crimen, la justicia y la venganza se confunden. Max forma parte de la estructura de un sistema obsoleto que se resiste a aceptar su fracaso y es capaz de utilizar los métodos más brutales pero necesarios para ponerse a la altura de los bárbaros que circulan libres por las carreteras haciendo y deshaciendo a su antojo, robando, matando y violando. Todo para mantener la ilusión de una civilización de la que apenas queda un recuerdo de lo que fue y cuyos cimientos se han venido abajo. Pero Max no es un idealista, hace lo que puede por asegurar un futuro para su familia.

Con unos personajes e historia herederos directos del cine exploitation y la influencia de la ciencia ficción distópica de la época que vaticinaba grandes catástrofes basadas en la proliferación nuclear, la destrucción del medio ambiente o la superpoblación, destacan unas referencias para nada disimuladas que van desde el estilismo del punk, la violencia gráfica y exagerada del cómic, el contexto social de la crisis del petróleo de los años setenta, elementos del imaginario del cine de moteros y un escenario desierto postapocalíptico que evoca irremediablemente a la clásica última frontera del western. La concreción de su guión incluye los componentes básicos para una ambientación que permite reconocer todavía un mundo actual llevado a los límites de la pesadilla.

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Si en su primera encarnación asistimos a la pérdida de humanidad de un hombre corriente al que se lo han arrebatado todo, en ‘Mad Max 2‘ (1981) el planteamiento se reconceptualiza. El mito surge a la vez que se produce la transformación del policía en el guerrero de la autopista. Sin rumbo, vacío y buscando únicamente su propia supervivencia, Max conoce nuevas formas de salir adelante dentro de la locura salvaje en que se ha transformado el mundo. El ingenioso y solitario Capitán Gyro le lleva a contactar con una comunidad de supervivientes establecidos en una refinería que es al mismo tiempo su mejor oportunidad para buscar un mejor destino y su perdición al atraer a las hordas de Humungus. Una comunidad que intenta salir adelante aplicando valores tradicionales del viejo mundo, fundamentada en la buena voluntad del prójimo. Max pasa ahora a encontrarse con una razón para luchar más allá de él mismo como hombre honorable, tomando el papel de misterioso jinete pálido defensor de las causas perdidas.

Fotografía, dirección y montaje son las herramientas de la narración total de Miller para elevar lo que en esencia son cintas de serie B de historias esquemáticas a portento visual que parece emergen anárquica, ingenua y espontáneamente ante el espectador. El manejo de la tensión y la estructura de las escenas de acción y la captura de imágenes poderosas a partir de la búsqueda de una puesta en escena sencilla son las claves de un estilo al que sigue siendo fiel al margen de la escala de producción a su alcance. La persecución final es una sublimación de este compromiso estilístico al servicio de lo cinematográfico, con cambios de ritmo, progresión dramática y aumento de espectacularidad en un manejo brillante de las posibilidades de lo físico como una forma igual de válida de plantear y resolver conflictos en pantalla a todos los niveles.

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El final de la odisea del héroe al reencuentro de su conexión con la Humanidad acaba siendo la parte central de ‘Mad Max Beyond Thunderdome‘ (1985). En la primera película la civilización destruida trataba de aferrarse a convenciones obsoletas. En la segunda los pocos supervivientes intentan reconstruir la civilización basándose en unos principios anticuados. En la tercera se muestra por fin lo que supone el nuevo orden social a partir de Bartertown, la ciudad gobernada por la implacable Aunty Entity. Una ciudad con sus propias reglas que garantiza el cumplimiento de los acuerdos privados y el castigo a los que quebranten la ley, donde la justicia se imparte a modo de espectáculos de circo romano pasados por el filtro satírico de la telerrealidad. Una deformación exagerada del orden económico y político actual que se remata con la existencia de un nuevo “complejo industrial energético” con un poder equivalente al de aquellos que llevaron a la civilización al desastre.

En Bartertown la subsistencia vuelve a depender de los recursos disponibles, el intercambio de bienes y servicios y la búsqueda de interés individual, mientras la otra comunidad formada por niños perdidos que esperan el regreso del Capitán Walker constituye un absoluto contraste. Se mueven por el bien común y viven en armonía con la naturaleza. La inocencia y la esperanza de los niños da un necesario impulso en otra dirección, corazón y tono optimista a una secuela que potencia la percepción de Max como una leyenda que es contada de una generación a la siguiente para inspirar en la creación de un modelo de sociedad mejor, reforzando el significado autoconsciente del relato en su totalidad. En el proceso Max se transforma ya definitivamente en un gladiador postmoderno que infunde respeto y disputa las batallas de los que no pueden hacerlo por si mismos.

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La trilogía original de Mad Max se mantiene sólida y atemporal. No sólo por sus excepcionales secuencias de acción, su original mezcla de géneros y la precisa construcción de un mundo propio, sino también por un contenido que permanece vigente gracias a un contexto histórico y mensaje que prevalecen todavía por la reciente crisis financiera internacional. En retrospectiva estas tres películas son más que una prueba de lo mucho que ha evolucionado el cine de acción hasta nuestros días, para bien y para mal, y de la alarmante carencia de directores que entiendan este tipo de cine como un vehículo igual de legítimo que cualquier otro dentro de la ficción para reflexionar sobre nuestra realidad. George Miller desarrollaba y concluía todas las ideas que proponía en ellas y el círculo de su personaje protagonista se completaba. Algo que deja ahora el interrogante abierto de qué es lo que quiere o puede aportar el director australiano con ‘Mad Max: Fury Road‘ (2015) treinta años después.

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