‘La profesora de Historia’: Aprendiendo del pasado

Por David García Gallardo

En mis años de estudiante tuve varios maestros, algunos muy buenos y otros muy prescindibles, que más allá de que la asignatura fuera más o menos difícil la hacían mucho menos estimulante. Porque el fracaso como maestro es no conseguir interesar  a nadie por lo que enseña y el triunfo es hacer que algunos alumnos (todos es una utopía) sientan fascinación por lo que instruye, sea cual sea la materia. La relación entre el cine y la enseñanza ha sido un terreno bastante fructífero, que ha dado lugar a un abundante número de películas sobre la vida de los maestros, la de los alumnos y las relaciones entre ambos, no siempre fáciles. De este modo, encontramos cintas que nos muestran a los profesores enfrentados a una incontrolable horda juvenil, caso de ‘Semilla de maldad’ o ‘El sustituto’ y otros que tienen que lidiar con alumnos un poco problemáticos pero con buen fondo, como ‘Rebelión en las aulas’, ‘Mentes peligrosas’ y la que hoy nos ocupa, ‘La profesora de Historia’.

Anne Gueguen (Ariane Ascaride) es una profesora de Historia de instituto que además se preocupa por los problemas de sus alumnos. Este año, como siempre, Anne tiene un grupo difícil. Frustrada por su falta de ambición, Anne desafía a sus alumnos a participar en un concurso nacional sobre lo que significa ser adolescente en un campo de concentración nazi. Anne usa toda su energía y creatividad para captar la atención de sus alumnos y motivarlos y a medida que el plazo se acerca, los jóvenes comienzan a abrirse a los demás y a creer en sí mismos.

‘La profesora de Historia’ es el tercer largometraje de la realizadora francesa Marie-Castille Mention-Schaar, el primero en llegar a nuestras pantallas tras los inéditos ‘Bowling’ y ‘Ma première fois’. Y este trabajo se inspira en hechos reales, en los que vivió de primera mano Ahmed Dramé en sus años de estudiante, cuando una profesora les hizo participar a él y a sus compañeros en un trabajo para un concurso sobre la situación los niños y adolescentes en los campos de concentración nazi. Ahmed y sus compañeros eran los clásicos chavales con las hormonas en ebullición y con más ganas de armar bronca que de escuchar a sus maestros hasta que se toparon con esa profesora, que consiguió inculcarles su visión de la necesidad de esforzarse y trabajar en grupo para prosperar y tomar conciencia de la situación de la gente de su edad en el pasado. Porque la realidad de Ahmed y sus compañeros es la de la Francia multicultural y racial, donde se mezclan católicos, judíos y musulmanes y donde florecen movimientos integristas de todo tipo, generados por los que buscan refugio en los extremos al no saber moverse en la igualdad. Un hecho que puede ser embrión de situaciones como las vividas en la Segunda Guerra Mundial (de ahí el título original de la cinta, ‘Les héritiers’, ‘Los herederos’ en español).

El propio Ahmed (que también se reserva el papel de Malik, uno de los alumnos) y la directora construyen una ficción con buenas intenciones pero que acaba viéndose lastrada por ese mismo buenismo. Porque la primera parte de la película mantiene el interés al ver a esos chavales difíciles de controlar, que parecen carne de futura miseria y que solo mantienen la atención cuando la profesora de Historia lo requiere. Sin embargo, a medida que se va acercando el desenlace, la sensiblería empieza a hacer cada vez un mayor acto de presencia hasta desembocar en una resolución digna de película de Hollywood de toda la vida, con música de triunfo, aplausos y llantos. Y mientras tanto, por el camino se han ido quedando algunos apuntes que podrían haber dado mucho más de sí, como la vida de esa profesora entregada a la enseñanza de sus alumnos o la de algunos de sus alumnos, que han de sobreponerse a hogares donde la lección que parecen recibir es que su futuro es el del parasitismo social o la delincuencia.

Todos esos detalles menos agradables se dejan caer, pero más como relleno que como aspectos dignos de explorar, porque al final poco más sabemos de lo que hacen maestra y alumnos fuera de lo que sucede en las aulas. En este sentido, no pude evitar acordarme de la muy superior ‘La clase’, donde tampoco había muchos apuntes de lo que pasaba fuera de la escuela, pero con unas pinceladas se intuía todo perfectamente, aparte de que se expresaba mejor la situación de los profesores voluntariosos lidiando con jóvenes de la Francia de hoy día. ‘La profesora de Historia’ no oculta su condición de filme para el gran público y por ello decide tirar por caminos más trillados y cómodos, aún a costa de no rematar lo que insinuaba al principio. Aún así nos deja momentos muy interesantes, como la aparición de Léon Zyguel, superviviente de los campos de concentración y fallecido poco después del rodaje, que cuenta a los alumnos su peripecia con una honestidad y una sensibilidad que da incluso una lección a la propia película, aquejada de ocasionales trazos gruesos.

‘La profesora de Historia’ se beneficia especialmente de la presencia de Ariane Ascaride como esa profesora tenaz que sabe llegar al interior de sus pupilos. Ascaride, conocida sobre todo por su participación en las cintas de su pareja, Robert Guédiguian, es una de esas actrices capaces de encarnar un amplio abanico de emociones sin necesidad de aspavientos, de mostrar la normalidad con gran convicción sin parecer que está actuando. Ella le otorga cuerpo y credibilidad a la maestra que estimula las ganas del conocimiento sin gritos ni castigos, ayudando a dotar de mayor comprensión del mundo que nos rodea y que, como la Historia nos enseña, siempre se ha movido en unos derroteros similares. Como esos alumnos que van pasando por su clase año a año, todos distintos y todos iguales.