Un viaje tridimensional por ‘Barcelona. La rosa de Fuego’

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Fotograma del rodaje de ‘Barcelona. La rosa de fuego’

Por Esther García Sánchez

Quien como yo sea una persona que considera viajar una pasión y casi una necesidad vital, entenderá que me encuentre favorablemente predispuesta a un documental como éste. Porque Barcelona es una de esas ciudades a las que reiteradamente vuelvo con cualquier excusa, haciéndola cada vez más mía. Y es que las ciudades son una entidad en sí mismas, a las que pertenecemos, pero que también forman parte de nosotros. Como se pregunta Serrat (narrador de la versión española, junto a Woody Allen en la inglesa, Daniel Brühl en la alemana, Pep Guardiola en la catalana… y así hasta 8 idiomas): “¿Qué es una ciudad?”. Desde luego, no sólo un laberinto de calles, plazas, edificios, aromas y colores. Tampoco “una manifestación de la memoria compartida por sus habitantes”, pues a veces la memoria es muy divergente y el espíritu de una urbe no es el mismo para todos… Tampoco una ciudad es sólo de sus habitantes…

En este documental de Mediapro, su director Manuel Huerga (‘Salvador (Puig Antich)’, ‘Antártida’) junto con Jaume Roures (productor) y Jordi Bransuela (director de fotografía y estereógrafo) nos muestran su particular mirada de Barcelona como ciudad poliédrica, mezcla de estampas cotidianas, autóctonas y turísticas, de curiosidades y contradicciones. La mirada concreta de unas personas que aman y conocen su ciudad en todas sus facetas: desde los bancos de alimentos, los comedores sociales y las manifestaciones del 15 M o la Diada, hasta el Palau de la Música o la Generalitat; del Camp Nou y la Fuente de Canaletas al MACBA o el Museo Miró… De su mano reconozco el carril-bici y la terraza de una arrocería de la Barceloneta, la puerta del cementerio del Poble Nou, el mercado de Glòries y el de la Boquería, el Tibidabo y el Born, las fiestas de Gràcia y las calles del Raval, la música callejera, la rumba catalana, la discoteca Apolo y los conciertos del Fórum, la Plaza Real y la de Sant Jaume. Y por supuesto, el Barrio Gótico, la Plaza del Rei, la Catedral, la Pedrera, las casas Amatller y Batlló o Santa María del Mar y el Parque Güell.

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Fotograma del rodaje de ‘Barcelona. La rosa de fuego’

Navegando por un falso plano secuencia rodado en 3D con cámaras Red EPIC a resolución 5K, me adentro en el ayuntamiento con los castellers y en la representación de Aída en el Liceu; puedo ver el Cyrano de Puigcorbé y el sincrotrón de Cerdanyola, una fábrica de coches y una escuela circense, el pantocrator de San Clemente de Taull y el estudio de Mariscal, el puerto deportivo y el Nou Barris. Compruebo que en la laica Ciudad Condal hay sitio para monjas de clausura y celebraciones islámicas, y que las bodas gays del siglo XXI siguen las mismas tradiciones medievales para evitar que llueva que en las capitales castellanas… La película sigue fluyendo por insospechados recovecos y ángulos inimaginables, en un vertiginoso viaje que nos lleva desde el metro al interior de un antiguo templo donde han instalado un gran servidor informático, a las torres de la Sagrada Familia o la cafetería “Els Quatre Gats”, hasta sumergirnos en el Acuario o disfrutar de una impresionante vista panorámica de la ciudad desde el mar. La sinfonía de Micka Luna completa esta experiencia sensorial que culmina de forma épica con un espectáculo pirotécnico y bengalas en las fiestas de la Mercè.

El que vea este documental y no conozca Barcelona, deseará irremediablemente visitarla y disfrutar de sus calles. El que ya ha estado allí, descubrirá lugares sorprendentes y paseará de nuevo por sus rincones, entrelazando en el recorrido sus propios recuerdos, porque una gran ciudad (como Madrid, París, Berlín, Chicago, Roma o Nueva York…) nunca se acaba.