Nocturna 2015 – 2ª jornada – Alexandre Aja, ‘Dark was the night’, ‘We are monsters’ y ‘III’

Por Ricardo Rosado

Segundo día de locura en Madrid gracias al festival de los sueños, las pesadillas y lo que está justo en medio. En esta jornada se vivió uno de esas actos irrepetibles donde el público entra en comunión con un clásico mientras alguno de sus responsables ronda la sala y, cómo no, yo la cago. Pero vamos poco a poco que hay jaleo.

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De mañaneo, tras las presentaciones del libro Carlos Aured y la película ‘The House on Pine Street’, llegó el esperado encuentro con Alexandre Aja. El francés habló de su comienzo en un país donde el género no es precisamente valorado. Tras triunfar en medio mundo con ‘Alta tensión’, se forzó a no repetirse y vio una oportunidad de oro en el remake ‘Las colinas tienen ojos’ para entrar en los USA por la puerta grande. Cuenta que, pese a que mirando su ficha se pueda pensar lo contrario, no le gustan los refritos innecesarios y sólo le interesan aquellos proyectos que pueden enmendar un trabajo no del todo completo. Así entendía Craven que estaba su original y por ello defiende su trabajo. También reconoce que ‘Piraña 3D’ no es un remake, si no una idea original en la que coinciden los villanos y a la que añadieron el característico título por circunstancias comerciales. Fue su cinta de fiesta de despedida de los 20 y, por lo tanto, ‘Horns’ (de la que os hablamos en la crónica de la 1ª jornada del Nocturna) es la de bienvenida a los 30, una nueva época donde, sin renegar del terror y pensando que volverá a él, parece que va a apartarse en su siguiente cinta, ‘The 9th Life of Louis Drax’. También habló de ‘Space Adventure Cobra’, de cómo los ‘Guardianes de la galaxia’ se les ha adelantado y de su insistencia en el proyecto pese a todo. Firmitas, fotitos y demás detalles, el tipo no pudo estar más simpático.

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Y metiéndonos ya de pleno en materia, y en la sala, la primera cinta del día fue ‘III’, un relato lisérgico ruso con una fotografía sorprendente a ratos y una historia enrevesada siempre. Esta cinta no se ve, se pasa, y en modo difícil en esta hora de siesta. Muchos fueron los que plegaron la cabeza y ni los exageradísimos efectos de sonido consiguieron despertar al tipo que tenía al lado emitiendo un suave pero continuo ronroneo. La trama cuenta, creo, la historia de dos hermanas que han perdido a su madre por no sé qué plaga. Una de ellas pilla también la gripe y la restante deberá ayudar a pasar el catarro sin morir en el intento. Para ello, llama a un cura que descifra unos escritos muy antiguos y consigue que la sana se meta en la mente de la enferma para eliminar desde dentro la enfermedad. La cosa se va complicando y termina siendo una especie de ‘Origen’ ruso, religioso y apocalíptico. Yo soy muy duro y, bebida ataurinada en mano, conseguí llegar al malo final sin ser derrotado. Otra cosa es que haya entendido algo o que, además de algunos planos épicos y un tratamiento del color forzado pero acertado, me lleve algo más de todo esto.

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El siguiente plato es también difícil de valorar pero por motivos bien diferentes. La americana ‘Dark Was the Night’ es un cuento simple que se entiende a la perfección y tiene muchas otras cosas a su favor. Sus dos protagonistas, Kevin Durand y Lukas Haas ayudan al director, Jack Heller, a que todo fluya y apetezca saber qué demonios está dejando unas huellas inexplicables en un pequeño pueblo boscoso. Están desapareciendo todos los animales de la zona y la gente empieza a preocuparse, la luz blanquecina de las nubes que traen otra remesa de nieve, hace que todo tenga un tono aun más perturbador, como de calma antes de la tempestad. Algo malo se acerca, eso está claro, y la gente de la zona empieza a pensar en las leyendas que sus antepasados contaban sobre los habitantes de los árboles como algo más que un cuento para niños. Todo esto lo explico porque durante la película realmente se disfruta. Es lenta, es verdad, pero como me gusta la atmósfera pasé un buen rato. El problema viene en su clímax, tontorrón y mal hecho, cargándose hasta cierto punto todo con lo que estaba disfrutando. Entonces es cuando piensas que, si era para eso, tampoco ha merecido la pena tanto esfuerzo. Es como si subes a Covadonga por el camino bonito, disfrutando en cada curva de la interminable carretera de aldeas encaramadas en la montaña y, cuando llegas arriba, está cortado el acceso a los putos lagos. Pues muy mal hombre, eso no se hace.

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Y luego llegaba el plato fuerte, o al menos así debía ser. Iba a vivir una de esas experiencias que te permite Nocturna y de las que estaremos eternamente agradecidos: disfrutar en pantalla grande, con la sala a rebosar y con el mismísimo Robert Englund presente, de uno de los mitos más descomunales de la historia del cine de terror como es ‘Pesadilla en Elm Street’. Revivir de esa manera el relato de los chavales que van descubriendo quién es ese tipo que se les acerca en sueños, cómo pueden luchar contra él y lo difícil que es permanecer despierto, aunque te juegues la vida, es impagable. Las locuras se apoderarían de la sala 1 y volvería a sentir que veo la película por primera vez, como ocurrió el año pasado con ‘La matanza de Texas’ y el amigo Hooper. Sólo tenía que elegir entre todo eso o ir a la otra sala.

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Pues bien, ya sabéis cómo soy y la suerte que tengo. ‘We Are Monsters’ es la nueva cinta de los suecos Sonny Laguna y Tommy Wiklund, flamantes ganadores de la primera edición del Nocturna con ‘Wither’, una cinta que sólo me gustó a mí y al jurado. Visto su nuevo trabajo, creo que incluso cambia mi visión del anterior y, donde antes veía una deconstrucción del esquema de “cabaña en el bosque”, ahora creo que únicamente había errores no intencionados. ‘We Are Monsters’ es un insufrible rape and revenge que huele, aun sin serlo, a ópera prima. Las risas durante los últimos quince minutos, a costa de su estupidez más que por su ingenio, no merecen la tortura que supone la hora y cuarto anterior. Una cinta en la que han debido ahorrar pasta en profesionales y destaca, incluso por encima de su nefasta protagonista y absurda dirección, el etalonaje exagerado e incoherente y el enlatado sonido de voces que me obligó, y no es broma, a buscar los tapones que llevo en la mochila para los ensayos. Sólo tenía que elegir una sala, y elegí mal.