It Follows (David Robert Mitchell, 2014)

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Por Ramón Rey

La joven Jay tiene una cita con un chico aparentemente muy majo que al acostarse con ella le pasa una maldición: un ente desconocido la va a perseguir lenta e inexorablemente con intención de matarla y asumiendo distintas formas hasta que no le transmita esta “enfermedad” a otro. Esa es la sencilla premisa con la que ‘It Followsdesarrolla todo su potencial como cinta de terror utilizando la aproximación de los adolescentes hacia el sexo desde su inexperiencia como núcleo de sus mayores temores en su proceso de maduración. La naturaleza onírica del relato se percibe desde el comienzo a través del elemento sobrenatural y de una ambientación atemporal que parece trasladarnos a la década de los setenta u ochenta sin especificar exactamente un contexto histórico concreto. La música subraya este estado de ensoñación permanente de los habitantes de los suburbios que se torna inevitablemente en pesadilla.

Una de la que la protagonista intenta huir o liberarse con la ayuda de su círculo íntimo de amigos. Los adultos (incluyendo sus padres) están ausentes en la historia salvo para potenciar sus miedos e inseguridades más profundos. Se da por sentado que no van a creer o entender lo que está sucediendo, reflejando el salto generacional y la falta de comunicación entre unos y otros. Con más libertad y nuevas responsabilidades los adolescentes ven cómo tienen que asumir riesgos y las consecuencias de sus decisiones por su cuenta. Unas decisiones en las que deliberadamente se excluye a sus progenitores. Los medios de transporte cobran una importancia clave como símbolo de la independencia del joven estadounidense. El coche sirve de parcela propia de intimidad necesaria y también de vía de escape de una realidad literalmente amenazante.

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El sexo como catalizador del horror de la película vale para mostrar las diferentes maneras de afrontarlo a nivel personal y las ramificaciones que tiene según los roles de género asignados tradicionalmente por la sociedad a hombres y mujeres desde que son conscientes de su cuerpo. Una visión no exenta de ciertos elementos de sátira sobre la promiscuidad y la idea moderna de la sexualidad que se ve también salpicada por la concepción post 11-S de la seguridad. Los suburbios, el ideal americano de la familia media aislada de los males de la sociedad en comunidades bien avenidas es el centro de un peligro invisible sólo percibido por los que están ahora abriendo los ojos ante el mundo que les rodea. No hay lugar donde refugiarse en el que la muerte no pueda encontrarlos. Ni siquiera en su propia habitación, la piscina o el parque. Ubicaciones en las que transcurren algunos de sus recuerdos de mayor felicidad en el pasado, cuando aún conservaba la inocencia, ahora subvirtiendo su infancia.

La expresión gráfica y explícita por momentos, más sutil y subjetiva en otros, de la omnipresente inevitabilidad de la muerte adquiere un papel fundamental como recurso narrativo. David Robert Mitchell crea una atmósfera inquietante combinando todas estas piezas de forma coherente a partir de un guión con estructura actualizada del slasher clásico al que añade una pátina de terror psicológico, apoyándose en la ingenua fragilidad que transmite Maika Monroe en un personaje al que aporta una gran naturalidad y autenticidad emocional. La atmósfera lo es todo en este film, construida con efectividad a partir de largos planos secuencia, el uso de la banda sonora electrónica y el juego de puntos de vista con la cámara entre la mirada del espectador y la de sus protagonistas. El director se permite así administrar brillantemente el fuera de campo y la tensión dramática de manera ingeniosa y siempre turbadora dentro de unas reglas precisas y originales.

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