Tomorrowland (Brad Bird, 2015)

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Guerras, hambre, pobreza, pandemias, vigilancia masiva y cambio climático. El futuro no es como se nos prometía hace tan sólo unas décadas. Maravillados por la capacidad de la tecnología para transformar la sociedad y las infinitas posibilidades que ofrecían los descubrimientos científicos, hubo un tiempo en que parecía que todo era posible. Cada uno de los males que asolaban a la humanidad podría ser resuelto en cuestión de años simplemente dejando que la historia siguiera su curso natural. Pero no fue así. La esperanza que permeaba la ciencia ficción futurista en la literatura o el cine dio paso al escepticismo y catastrofismo de los años setenta, asumiendo luego sin más que la fatalidad de nuestro destino no se podía cambiar. En una época como la actual parece absurdo querer recuperar esa inocente y en apariencia ilusoria concepción perdida del futuro. Sin embargo, esto es lo que pretende ‘Tomorrowland‘.

Una visión naif de la realidad es lo que conecta a Casey Newton, una joven entusiasta de la ciencia que se dedica en el presente a destruir propiedad del gobierno federal para evitar el desmantelamiento de una plataforma de lanzamiento de la NASA, y a Frank Walker, un niño con gran inventiva que al acudir a la Feria Mundial de Nueva York de 1964 con su jet pack descubre un mundo oculto en otra dimensión en el que las grandes mentes pueden hacer realidad todo lo que se imaginen, al margen de intereses económicos y políticos. El ideal anticuado y utópico del futuro de entonces se muestra a modo de macguffin, igual que el propio lugar del que Casey recibe una visita guiada a partir de una misteriosa insignia que aparece entre sus pertenencias. Su curiosidad e inconformismo la llevan a querer encontrar sentido a lo que ha visto.

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El diseño de la ciudad del mañana, cuyo perfil recuerda inmediatamente a la silueta del castillo de ‘Sleeping Beauty‘ (1959) presente en el logo de las producciones Disney desde 1985, ayuda a entender rápidamente el tono y las intenciones de un film en el que la frontera entre fantasía y realidad es algo puramente subjetivo. La segunda no puede existir sin la primera. Una percepción mágica del universo que cualquier niño entiende pero que al crecer vamos olvidando, como ese Peter Pan adulto de ‘Hook‘ (1991) que tras abandonar Neverland pierde la perspectiva de lo que es importante en la vida. Tras su desbordante creatividad también se puede vislumbrar una denuncia de la propia ficción, rebosante en nuestros días de pesimismo y con poco margen para lo inspiracional. ¿Acaso los cineastas no deberían ser soñadores por definición? Walt Disney lo fue hasta el momento de su muerte y Brad Bird toma su relevo ahora en un film que sintetiza su estimulante espíritu innovador.

‘Tomorrowland’ es una oda a la imaginación que recupera y combina sin pudor el humanismo de ‘Star Trek’, el sentido de la maravilla de Julio Verne y elementos que evocan el cine de aventuras de Steven Spielberg para arrastrar al espectador a un divertido y emocionante viaje repleto de entusiasmo pero no carente de autocrítica. La tecnología no puede solucionarlo todo, la ciencia no tiene la mejor respuesta siempre y las personas pueden tomar malas decisiones. Ante la tentación de caer en el derrotismo se necesita aprender de los errores y realizar los ajustes y correcciones necesarios para evitar que se repitan. Destruir lo que nos ha llevado por el mal camino y construir algo nuevo en su lugar. Para eso necesitamos soñadores: gente capaz de mirar el futuro, cuestionarlo y reinventarlo constantemente, que crea en lo que los demás consideran imposible.

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