Clouds of Sils Maria (Olivier Assayas, 2014)

Oscar Wilde decía en su ensayo “La decadencia de la mentira” que la vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida. Olivier Assayas parece tomar inspiración en la obra del escritor irlandés y usar sus reflexiones de la nueva estética como hilo conductor de ‘Clouds of Sils Maria‘, una película que se desarrolla a partir de su propia versión de unos diálogos platónicos entre la prestigiosa y experimentada actriz Maria Enders y su joven asistente Valentine. Ambas con una visión del mundo muy distinta. Enders se encuentra con la repentina muerte del dramaturgo que la descubrió veinte años atrás durante un viaje a Zúrich para recoger un premio en su nombre. Su fallecimiento y la posibilidad de participar en una nueva representación de la obra que la dio a conocer al mundo son el germen para la reflexión sobre su carrera, el arte y la vida.

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El eterno conflicto entre lo nuevo y lo viejo, lo moderno y lo clásico, juventud y vejez es una constante en la realidad y en la ficción. Maria, una veterana intérprete de proyección internacional, regresa a la historia que la encumbró para encarnar ahora a una mujer madura pero inocente que sufre por sus propias debilidades. Su papel original, el de una joven cruel y fuerte que manipula a los demás para conseguir lo que quiere lo toma una actriz desconocida para ella, que presenta una polémica vida pública: Jo-Ann Ellis. Chloë Grace Moretz la interpreta, añadiendo una capa irónica y pseudoparódica a su propia presencia en el film, en un guiño a Lindsay Lohan y reflejo de los juguetes rotos de Hollywood cuyos devaneos personales se han convertido en entretenimiento de masas.

La obsesión por la fama y las celebridades en la era de Internet está muy presente en un relato que aunque crítico con el estado actual de la industria cinematográfica no deja por ello de aceptar que los tiempos cambian. Debemos adaptarnos para no perder el pulso de la sociedad en que vivimos. A través del personaje de Juliette Binoche se explora cómo las experiencias vitales añaden una perspectiva diferente y enriquecedora sobre nuestro pasado y especialmente en relación al arte. Una relación que en el caso de esta actriz con la obra es de una intimidad absoluta, ligada completamente a sus emociones, su forma de ver los personajes y entender el significado de la creación en su contexto. Esta anticuada concepción de lo atemporal es al fin y al cabo una reivindicación nostálgica que tiene poco que ver con la vigencia de lo artístico, igual que ocurre con la fugacidad en la que estamos inmersos en el mundo contemporáneo.

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La cinta de Assayas es de facto un ejercicio de diagnóstico autoconsciente, una profecía autocumplida a partir de la misma elección de sus actrices, que muy bien podrían ser las protagonistas en la vida real de lo que se pretende contar en ella. Por un lado actores respetados de otras generaciones que se involucran en multimillonarios blockbuster, dándoles legitimidad mientras mantienen una posición de superioridad sobre las nuevas formas presentes en la cultura popular. Por otro, los nuevos talentos que son ensalzados por su personalidad y su presencia en las redes sociales y no por la formación o las capacidades demostradas. Jóvenes que se ven obligados a buscar su lugar en el status quo con obras de valor artístico establecido. Puede que Catherine Deneuve tenga algo de razón cuando afirma que no hay estrellas de cine como las de antes. Ni en Francia ni en ningún otro sitio. Tampoco las necesitamos. Ahora preferimos que la fantasía se reserve exclusivamente para la pantalla.