Cuando Jurassic Park dominaba la Tierra

La historia de ‘Jurassic Park’ comienza veinte años antes de su estreno. En 1973, Michael Crichton debutaba como director con ‘Westworld‘. En la cinta, escrita también por él mismo, se muestra cómo se descontrola un parque de atracciones que reproduce entornos históricos en los que los seres humanos puedan olvidarse de ser civilizados y actuar sin asumir ninguna consecuencia. Su simpleza argumental no permitía desarrollar el interesante contenido filosófico que planteaba ni aprovechar del todo sus ideas, pero sirvió de estímulo para que otros lo hicieran. James Cameron tomaría y extendería en ‘The Terminator’ (1984) la icónica persecución del implacable androide interpretado por Yul Brynner a todo un espectacular largometraje de acción en las calles de Los Angeles. Steven Spielberg sería quien adaptara la novela posterior de Crichton en un film en el que la que la escala, la emoción y el interés del discurso serían elevados al nivel de excelencia de forma emblemática para toda una generación.

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Jurassic Park‘ (1993) es un ejemplo paradigmático del cine por el cine, de la experiencia de disfrutar de que te cuenten una historia. Algo en lo que Spielberg había sido un referente durante dos décadas. Ahora el mundo es el parque de atracciones. Uno en el que se piensa que el progreso científico y la innovación tecnológica sólo pueden traer beneficios para la humanidad. Hammond, mitad hombre de negocios y mitad soñador, como muchos otros antes que él, cree que el deber de cualquiera que tenga los recursos necesarios es explotar las posibilidades del progreso para sacar beneficio de un modo u otro. Un “Walt Disney” que pretende traer algo de magia a los visitantes de un parque cuyas atracciones están basadas en el aprovechamiento caprichoso de la revolución de la ingeniería genética en un contexto histórico en el que se veían a medio camino del asombro y el terror los grandes avances que se sucedían en ese campo.

La película no sólo era relevante socialmente sino que supuso el último hito del mejor cine de entretenimiento de los años ochenta, pero una década más tarde. Se aprovechaba entonces de la capacidad de asombro de un espectador que todavía no había sido saturado por la sobrecarga de los efectos digitales y la génesis de unos dinosaurios cuyo secreto no es que pretendieran ser científicamente rigurosos sino que creaban su propia versión verosímil de la realidad de forma consistente con el imaginario colectivo, influido inevitablemente por la tradición cinematográfica. Todo ello con el impecable sentido de la aventura, la maestría para conmover y el pulso dramático de su director que se aprovechaba de unos personajes bien caracterizados con los que empatizar y sufrir en cada secuencia, para aterrorizar con cada amenaza inminente.

Dado su éxito y con la presión de los fans y del propio Spielberg, la secuela de la novela original y de su adaptación a la pantalla grande parecía obligada. En ‘The Lost World: Jurassic Park‘ (1997) el mayor acierto del Rey Midas de Hollywood fue desmarcarse por completo en tono e intenciones de la primera, evitando las comparaciones pero perdiendo su identidad. Otra isla, más dinosaurios en estado salvaje y una expedición para documentarlos y obtener el favor de la opinión pública para establecer un santuario. Pero el ser humano es testarudo por naturaleza e incapaz de aprender de los errores del pasado independientemente de las intenciones que los provoquen. Una forma de justificar la necesidad de contar una historia que está demasiado centrada en la espectacularidad pero que no cuenta con las implicaciones dramáticas y emocionales que hacían que su predecesora quitara el aliento tan sólo viendo las expresiones en el rostro de sus protagonistas.

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Spielberg no acabó de confiar del todo en su propio planteamiento, mucho más oscuro y orientado a la acción. Su estilo visual seguía presente y es lo que evitaba que cayera en la mediocridad de un guión con decisiones que derivan por momentos entre lo cuestionable y lo ridículo. Travellings laterales y de acercamiento, sus inconfundibles contrapicados y el uso de fuentes de iluminación concretas tan típicas de la fotografía de sus producciones para transmitir una atmósfera muy reconocible que coquetea con el realismo mágico. El resultado fue un popurrí de homenajes e influencias directas entre las que se puede contar de forma obvia con ‘Aliens’, ‘King Kong’ y la novela de Conan Doyle a la que hace referencia ya el propio título. Irónicamente el hecho de alejarse de la anterior para no repetirse provoca una pérdida patente de originalidad e interés, a pesar de contar con un par de secuencias de acción espectaculares y un puñado de oneliners que recuerdan su peculiar humor juguetón.

La inercia y la necesidad de explotar franquicias hasta que dejen de ser rentables junto con las ganas de Joe Johnston de hacer una secuela dieron paso a ‘Jurassic Park III‘ (2001). Reciclaba la idea de una misión de rescate y recuperaba a uno de los personajes clave con mucho más sentido como protagonista que un matemático urbanita posmoderno experto en teoría del caos, por mucho que le de vida Jeff Goldblum. Alan Grant desprende carisma prestado por una personalidad más cercana a Indiana Jones que nunca. Una pareja con problemas, un niño perdido y las consecuencias de dejarse llevar por la ambición de trascender en una constante carrera por la supervivencia en una isla repleta de peligros. Un regreso a los mismos lugares metafóricos, visuales y narrativos de la segunda entrega que podría ser la película que haría cualquier niño de doce años obsesionado con la saga.

Al director Joe Johnston, que había colaborado en algunos de los trabajos más míticos de George Lucas y Steven Spielberg en el departamento de efectos visuales, se le notan mucho sus influencias y su pasión por los dinosaurios. Puede que esté más cerca de la serie B o incluso de un exploitation digno de ser lanzado directamente en VHS tipo ‘Carnosaur‘ (1993) y que careciera de secuencias tan potentes como algunas de ‘The Lost World’, pero lo compensa siendo menos irregular y evitando las decisiones estúpidas de sus personajes en la medida de lo posible. Es la diferencia que marca el tener mucho más claro qué se quiere contar y cómo hacerlo. Aunque sea una simple historia de aventuras con algunos excesos como la concesión infantil de otorgarle rasgos humanos a algunas especies de dinosaurios. La evidente falta de inspiración y elementos novedosos se contrarresta por su reparto, que logra aportar al conjunto una dignidad inesperada.

En retrospectiva, la evolución de la vieja trilogía jurásica casi se puede identificar con el propio tema que trata: el exceso de orgullo del hombre. Una falta de humildad que transpiran la mayor parte de estudios hollywoodienses cuando tratan de usar el nombre de un acontecimiento cinematográfico y de una obra irrepetible para hacer caja sin considerar el respeto que merecía su extraordinaria singularidad ni sus espectadores. La equilibrada mezcla de una premisa de ciencia ficción que conectaba con la realidad actual, la habilidad para sorprender, el esfuerzo y el genio de uno de los mejores directores de su generación junto con su concepción única del cine y el respeto por el material de partida que adaptaba no se pueden reproducir, ni mucho menos imitar, aunque no se repare en gastos. El cine, el arte y el talento, como la vida, siempre se abren paso para reivindicarse.