‘La profesora de parvulario’: El niño que recitaba versos en un mundo sin poesía

Creo que todos hemos visto en nuestra etapa en el colegio/instituto cómo en esos años los chavales se dicen sin sonrojo las peores cosas que se les pasan por la cabeza, a veces acompañadas de golpes, amenazas y descalificaciones. Y siempre castigando lo que se considera diferencia, ya sea el que más estudia, el más gordo, el más delgado, el más alto, el más bajo, el que tiene más nariz, cabeza u orejas o el que tiene menos. La curiosa moraleja que uno puede extraer es que lo mejor que se puede hacer a esa edad para encajar es ser común y corriente, formar parte del montón para que los demás no te lleven por delante. Una moraleja que tristemente se repite tantas veces ya en la edad adulta, cuando los mediocres quieren contagiar al resto a base de hacerles sentir idiotas por no ser tan simples como ellos. Sobre esos primeros años de vida que tantas veces forjan el carácter nos habla ‘La profesora de parvulario’.

Nira (Sarit Larry) es una profesora de parvulario y poeta amateur que casualmente descubre en Yoav (Avi Shnaidam), un alumno suyo, el don de la poesía a tan pronta edad. Yoav es un niño prodigio que anda falto de cariño, ya que su padre está demasiado ocupado en su trabajo, su madre está ausente y su niñera es una egoísta. Nira establecerá una conexión especial con él al distinguir en el pequeño a un alma sensible, similar a la suya.

‘La profesora de parvulario’ logró el Giraldillo de Plata el pasado otoño en el Festival de Sevilla, certamen en el que también fueron distinguidas estupendas películas ya estrenadas en nuestro país, como ‘Fuerza mayor’, ‘Mr. Turner’ o ‘El país de las maravillas’. El israelí Nadav Lapid dirige una historia de las que dejan pensativo, por cómo está concebida y por su desarrollo. No puedo dejar de imaginar en que esta trama, si hubiera sido desarrollada en Hollywood, sería una de esas producciones de fácil digestión, con actores famosos dando vida a gente un poco torcida pero de buen corazón, que emocionaría a unos cuantos y optaría a llevarse algún Oscar. Sin embargo, Lapid nos la muestra con un ritmo contemplativo, casi moroso, con unos personajes con los que no es fácil empatizar y que espantará a aquellos que busquen un entretenimiento asequible.

Nira y Yoav son dos aves raras, dos seres inadaptados a su entorno. Ella tiene una pareja con la que está más por costumbre que por otra cosa y tiene unos hijos a los que nunca ve. El pequeño es, a efectos prácticos, un huérfano que ve cómo su padre no le hace caso, pendiente como está de sus negocios y que cuenta a su hijo que su madre murió cuando lo cierto fue que se divorció de él y se marchó a Estados Unidos. Sin embargo, ese niño de aspecto tan inocente tiene repentinos arranques de ingenio y es capaz de soltar de seguido versos audaces incluso para un adulto. Es en esa capacidad artística donde la profesora ve un modo de redimirse ella misma como madre y como docente, al tratar de poner los mimbres para que el talento natural de ese niño no quede desaprovechado y que no sea otro más en el sistema, como lo han acabado siendo ella y su familia. Pero lo cierto es que el niño lo que quiere es hacer las mismas cosas que sus compañeros de clase para que no le tomen por un bicho raro. Un bicho raro que ya es la maestra, que llegará a cruzar ciertos límites en busca de su objetivo.

Nadav Lapid construye un relato de dos personajes solitarios que bajo su apariencia sobria esconde un subtexto bastante inquietante, al estilo de los cuentos clásicos. Si en aquellos el mal cotidiano tomaba la forma de animales o brujas a modo de metáfora de los peligros que nos acechan a todos, aquí es la normalidad la que encarna la maldad. Una normalidad que nos despoja de todo aquello que nos identifica y nos diferencia de los demás y nos convierte en piezas de un engranaje en el que no hay lugar para la poesía, deparando un camino de dolor para aquellos que se salgan de lo establecido. Una idea en consonancia con lo que escribe Umberto Eco en su novela “Número cero” al asegurar que “los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores. Si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder el tiempo en saber más: el placer de la erudición está reservado a los perdedores”.

Por estos motivos, ‘La profesora de parvulario’ no es una película que vaya a llenar las salas de cine, sobre todo por la forma de presentar sus ideas, con un tempo calmado en sus casi dos horas de metraje. Más allá de eso se le puede reprochar que a su director se le escapa en ocasiones la obviedad en lo que quiere contar y que Avi Schnaidam, el niño protagonista, no acaba de transmitir la capacidad perturbadora que tiene su personaje. Todo lo contrario que Sarit Larry, que compone con gran contención a esa profesora de apariencia afable y de interior turbio. Ingredientes para un filme de indudable interés, de los que plantean algunos interrogantes y pensamientos una vez vistos.