El coleccionista (1969, William Wyler)

“Te das cuenta de toda la belleza que has matado”
Miranda Grey a Freedie Clegg en El Coleccionista.

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Freedie Clegg, el personaje de Terence Stamp en ‘El coleccionista‘, debería estar en todas las listas de magníficos perturbados del cine y la literatura, la película de William Wyler está basada en la novela homónima de John Fowles. Todos ellos misóginos, con traumas de infancia, introvertidos, tímidos y asociales, han protagonizado algunos de los thrillers imprescindibles para amantes del cine de todas las edades: El Norman Bates de ‘Psicosis‘, John Reginald Christie en ‘El estrangulador de Rillington Place‘ o Böhm en ‘El fotógrafo del pánico‘. 

Me pregunto si las personas que tienden a realizar colecciones cuentan con unas características determinadas, cual es la patología base que da lugar a síndromes como el de Diogénes, como se forma, y si tiene que ver con un sentimiento de definición de la persona ligado al “tanto tienes, tanto vales”. Freedie Clegg colecciona mariposas. Vive en una gran mansión que pudo adquirir gracias a la suerte, obtuvo una gran cantidad de dinero jugando a la lotería. Este giro del destino le permitió dejar su trabajo, en el que era la mofa de sus colegas de profesión, para retirarse de la vida social y de la ciudad a su nuevo hogar. No era su intención acudir solo. Secuestra a Miranda Grey y la obliga a vivir en el sótano, perfectamente acomodado, de su nuevo hogar. El objetivo es simple: Pretende que se enamore de él.

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Han pasado 50 años desde que William Wyler dirigió esta cinta, pero el tema que propone continua vigente. Lo más terrorífico de ‘El coleccionista’ es que desarrolla una historia que podría ocupar espacio en una página de sucesos de cualquier periódico nacional. Nuestro protagonista considera que puede tener cualquier cosa, que el dinero le permite crear su espacio con sus reglas. Igual que puede viajar, comprar o cazar mariposas para guardarlas en botes transparentes y examinarlas, decide que puede hacer lo mismo con una mujer. Miranda Grey (Samantha Eggar) es su más caro ejemplar. Ha vigilado sus movimientos, sus amistades, sus gustos y sus colores preferidos a la hora de vestir, todo está preparado en la mansión para que ella sea feliz. Precisamente en este punto del guion se muestra la superioridad que el personaje cree tener sobre las mujeres. Un proceder que hoy en día se sigue justificando y permitiendo: En varias ocasiones Freedie asegura que si ella no es feliz, si no se molesta en conocerle, es culpa suya. Él le ha ofrecido todo lo que podría necesitar en la vida y cualquier negativa por su parte es una ofensa hacia su generosidad. Sin llegar al extremo de la perversión de este personaje, este tipo de comportamientos son habituales en nuestra sociedad, que debería incidir en que las mujeres no somos posesiones que puedan comprarse. No queremos que nos den lo que no hemos pedido, es así de sencillo. Incluso en el momento en que ella trata de seducirle para librarse de su cautividad, él acaba comparándola con una puta, como si  mantener su “decencia” fuera más importante que mantenerse con vida.

Sin duda, Wyler trata de ridiculizar el coleccionismo de objetos frente al saber en esta película. Mientras Freddie basa todo su poder en el dinero y lo material, Miranda es una estudiante de arte amante también de la literatura. Hay una escena en la que él no es capaz de esconder el sentimiento de inferioridad que aflora cuando está con ella. Discuten sobre Picasso y ‘El guardián entre en centeno’. La ridiculiza por consumir cultura cuando lo que en realidad destila es una gran frustración por no entender su universo, la cultura y educación de Miranda parecen estar muy por encima de lo que Freddie puede esperar de una pareja y/o amante. Debió quizá preocuparse más de comprar libros que boletos de lotería.

El impecable trabajo del director, la banda sonora de Maurice Jarre y las interpretaciones de los protagonistas, crean una atmósfera turbia que mantiene en tensión al espectador durante las dos horas que dura el film. La necesidad de ser amado de él y el instinto de supervivencia de ella se baten en una lucha psicológica.

No dejen de prestar atención al monólogo final de Freddie, ¿nunca han escuchado discursos similares en familiares o amigos? Yo desgraciadamente sí.