Tokyo! (Michel Gondry, Leos Carax, Bong Joon-ho, 2008)

Probablemente la forma más habitual en que los cortometrajes llegan al gran público en la actualidad sea mediante films de antología. En ellos puede participar uno o varios cineastas que se reúnen a partir de un elemento temático unificador que sirve de base para que se expresen dentro de unos parámetros definidos. No es algo nuevo pero en los últimos tiempos parecen haberse popularizado, especialmente a partir del éxito de ‘Paris, je t’aime’ (2006). La reciente ‘Relatos salvajes‘ (Damián Szifron, 2014), ‘Four Rooms’ (1995) o ‘New York Stories’ (1989) son algunos ejemplos de las posibilidades que ofrece este formato en términos de colaboración y libertad creativa de sus responsables. Esta última parece en cierto modo el espejo en el que se mira ‘Tokyo!‘, utilizando la capital japonesa como escenario, personaje y enlace entre los tres historias que otros tantos directores gaijin concibieron desde su visión externa al país nipón.

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En “Interior Design” Michel Gondry sigue las peripecias de una joven pareja que llega a la gran ciudad buscando prosperar. Él es un director de cine con pretensiones y ella sólo aspira a una vida sencilla y feliz. La búsqueda de trabajo, de un lugar para vivir o simplemente de aparcamiento no parece algo fácil. Menos estando inmersos en la competitividad de una sociedad que define a sus individuos por su ambición y capacidad, al margen de sus verdaderos intereses. Una forma de catalogar la utilidad que sólo favorece a quienes son capaces de sacrificarlo todo con tal de cumplir las expectativas. Ignorada por todos y sin ningún tipo de valor para la gente que la rodea, la joven corre el riesgo de convertirse en un objeto más del mobiliario o del paisaje urbano. Casi un drama social con toques fantásticos, alejado de lo sutil pero que logra transmitir con rotundidad su mensaje.

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Leos Carax presenta en “Merde” un personaje desagradable, sucio, maleducado que se comunica mediante sonidos guturales como si fuera un protohumano. Surgiendo del subsuelo, donde los japoneses ocultan sus vergüenzas del pasado, Merde les recuerda todo lo malo, nocivo y despreciable de si mismos. Todo lo que rechazan y esconden detrás de su máscara extremadamente civilizada. A modo de mítico ataque del monstruo Godzilla que surge de las profundidades de las cloacas, no se ahorra tampoco referencias al icono cinematográfico. También sirve de recordatorio de cómo nuestros mayores temores pueden no ser una amenaza externa sino la propia versión retorcida de nosotros mismos, de todo lo que evitamos ser. A esto hay que añadir una mirada irónica sobre la arbitrariedad del odio y como las ideologías extremas pueden provocar tanto rechazo como fanatismo de forma inmediata, por muy absurdos que sean sus argumentos.

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Y con “Shaking Tokyo”, Bong Joon-ho lleva su relato a terrenos de la comedia romántica usando de hilo conductor la experiencia de un hikikomori que tras años de encierro se enamora de una repartidora de pizza. Una excusa para hablar de los riesgos de aislamiento que supone no querer sentir para no sufrir evitando el contacto con los demás. Un aislamiento que se da a distintos niveles en la sociedad moderna, propiciado por el avance tecnológico y la civilización del siempre conectado, irónicamente. En ocasiones es necesario un terremoto para que salgamos a la calle, para que miremos a la cara a otra persona o ayudar al prójimo, para reconsiderar nuestra vida. Una historia que lleva la emoción a un conjunto en el que cada segmento aporta ya sea un discurso o un concepto llamativo, con perspectivas muy diferentes pero estimulantes y complementarias a su manera, según la visión de cada uno de sus directores.