‘Los caballos de Dios’: Una realidad miserable

Una de las posibilidades del cine es la de dejar constancia de la realidad en el tiempo en el que fueron hechas las películas. Su capacidad de observar a grupos humanos en un determinado lugar y en un determinado momento, por mucho que sean ficciones, nos deja a los espectadores un testimonio de una situación social que a veces no se aprende del mismo modo por otros medios. No fueron pocos los que calificaron de americanada a ‘El francotirador’, el filme de Clint Eastwood inspirado en la historia real de un francotirador estadounidense en la guerra de Irak, por su tratamiento de los nativos del país. Muchos cargaron torpemente contra un director al que consideran poco menos que un cowboy fascista (sin mirar que en su filmografía hay una apertura de discursos y de ideas que ya quisieran tener muchos de sus críticos) que calificaba de “salvajes” a los no americanos por boca de su protagonista, cuando lo cierto es que lo hacía contra aquellos extremistas que hostigaban y violentaban incluso a sus paisanos. Luego vemos cómo sucesos como la destrucción de símbolos del patrimonio cultural de Oriente Medio o atentados indiscriminados de esos integristas en lugares donde viven sus compañeros de religión son condenados por aquellos que dicen que Eastwood es un fachilla por señalar ese salvajismo en su película. Siempre hay que prestar atención a lo que se pueda decir desde el otro lado y como testimonio de esa realidad que se vive en muchos países musulmanes llega a nuestro país ‘Los caballos de Dios’.

Yachine (Abdelhakim Rachid) tiene diez años y vive con su familia en Sidi Moumen, un poblado de chabolas de Casablanca. Su madre hace lo que puede por sacar adelante a la familia mientras que su padre se encuentra en un estado depresivo y de sus tres hermanos uno está en el ejército, otro es prácticamente autista y el tercero, que tiene trece años y se llama Hamid (Abdelilah Rachid), es el cabecilla del barrio y el protector de Yachine. Cuando Hamid es encarcelado, Yachine se ocupa de varios trabajillos que le ayudan a escapar del marasmo provocado por la violencia, la miseria y la drogadicción que la rodean. Cuando Hamid sale de la cárcel se ha convertido en un islamista radical y convence a Yachine y a sus amigos para que se unan a sus “hermanos”.

‘Los caballos de Dios’ es el nombre que se les da a aquellos que están dispuestos al sacrificio de sus vidas para ejecutar una acción a favor de los suyos, lo que vagamente conocemos como terroristas suicidas. Basada en la novela “Les Étoiles de Sidi Moumen” de Mahi Binebine nos ofrece una descripción del camino al precipicio de un grupo de jóvenes que participaron en los atentados de 2003 en la localidad marroquí de Casablanca, ocasionando más de 40 muertos y un centenar de heridos. El director Nabil Ayouch debutó con éxito en ‘Ali Zaoua, príncipe de Casablanca’, una historia sobre los niños de la calle y tras la inédita (‘Whatever Lola Wants’) nos llega ahora, con tres años de retraso (a pesar de su Espiga de Oro a la mejor película en la Seminci de Valladolid de 2012) una historia que nunca pasa de moda.

‘Los caballos de Dios’ es una visión honesta y sincera sobre los motivos que llevan a muchos a integrarse en grupos radicales que acabarán perpetrando atentados. Es una crónica sobre los yihadistas que puede valer para cualquier otra adhesión inquebrantable que establecemos los seres humanos con nuestros semejantes, cuando nos acabamos arrimando a aquellos que nos hacen sentir más apreciados. Porque los terroristas no crecen en la tierra ni caen de los árboles, son personas que en su niñez fueron uno más y su forma de ser y las circunstancias les llevaron a tomar unas decisiones que consideraron apropiadas para defender los intereses que creen justos. En la cinta de Nabil Ayouch se nos muestra en primer lugar a unos chavalines que actúan con relativa normalidad, con el hermano mayor haciendo de protector del pequeño y cada uno con sus esperanzas y sueños. Ambos viven en una barriada pobre, lejos de las comodidades y las ventajas de los que están en el centro y esta estratificación territorial se convierte en una estratificación social y personal, convirtiéndolos en los miserables de los que hablaba Victor Hugo en su novela, aquellos que “Parecen totalmente depravados, corruptos, viles y odiosos; pero es muy raro que aquellos que hayan llegado tan bajo no hayan sido degradados en el proceso. Además, llega un punto en que los desafortunados y los infames son agrupados, fusionados en un único mundo fatídico. Ellos son los miserables, los parias, los desamparados”.

La violencia siempre engendra violencia, como impulso instintivo de satisfacción inmediata que es. Si algo o alguien nos fastidia (o creemos que lo hace, aunque no sea así) nuestra reacción primaria es devolver el daño, un caldo de cultivo tan simple que ha dado origen a tantas luchas en la historia. Los niños de ‘Los caballos de Dios’ no ven más que violencia en su entorno, la violencia de un mundo que los ningunea y que los convierte en mercancía prescindible, en ratas a las que no les quedará otro remedio que devorarse entre ellas para sobrevivir. Pero entonces descubren la posibilidad de una redención a través de la religión, una fe como un modo de escapar a esa violencia que les rodea y dedicarse a algo más elevado. Unas ideas que parecen buenas, pero que vienen convenientemente matizadas por unos líderes que se sirven de ellas para sus intereses. Esta vez son los líderes religiosos los que los violentan sin que se den cuenta y les impulsan a cometer acciones que pasan a considerar justas y necesarias, como un modo de poner orden en ese mundo que les había despreciado en un principio. Todo ello sin darse cuenta de que se han convertido en carne de cañón, pues los líderes, por supuesto, no se manchan las manos personalmente y observan desde la distancia, prefiriendo la vida terrenal a los placeres que prometen en el Más Allá, a la espera de que lleguen más miserables que buscan redimirse.

‘Los caballos de Dios’ es una estupenda película, narrada con brío y con la suficiente distancia como para ofrecernos un fresco bastante elocuente de las motivaciones que hay detrás de tanta barbarie. Una barbarie que puede surgir de cualquier rincón de nuestro mundo, no es necesario irse muy lejos para observar esas barriadas en las que se siembra el aislamiento y el descontento desde la infancia, germen de posteriores actuaciones contra el sistema que los ha ninguneado. Como la realidad nos ha enseñado, este círculo nunca se detiene y aunque desde Occidente se vendiera como un éxito la ejecución de Osama Bin Laden, luego han venido otros líderes espirituales que han encontrado un filón de pobres diablos a los que convencer de que ellos tienen la verdad de su parte, aunque les cueste la vida y se lleven otras por delante. Por eso resultan tan poderosas las lágrimas del personaje de Jessica Chastain en ‘La noche más oscura’ una vez conseguida su misión, porque no dejan de representar ese “¿Y todo esto para qué?” que dejan este tipo de luchas en las que se batalla por una idea que muchos creen justa, aunque solo sea para dar sentido a una existencia confusa y cruel.