Orígenes (2014, Mike Cahill)

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Por Henar Álvarez

Hay muy pocas cosas que nos diferencien completamente del resto de los habitantes del planeta. Pasamos la vida tratando destacar de entre la mediocridad que nos rodea y, seamos sinceros, de la que formamos parte. Resulta que no necesitamos tatuarnos ni vestir descaradamente, nacemos con aquello que nos hace únicos: Nuestros ojos. En ‘Orígenes‘, Mike Cahill plantea la posibilidad de que nuestro iris sea único e irrepetible. Las probabilidades de que se duplicaran las motas, colores, hendiduras o formas en otro ojo humano se diluyen en la nada.

Michael Pitt, un biólogo molecular, vive atrapado entre dos pasiones. Por un lado estudia la evolución del globo ocular, por otro persigue a los ojos verdes que le conquistaron en una fiesta la noche Halloween. Resulta curioso como un flechazo puede calar tanto en un hombre de ciencia. Ya sé que el amor puede llegar a un ser humano independientemente de su raza, sexo o vocación, pero he leído tantos intentos de explicación del enamoramiento que he acabado por hacerme a la idea de que los grandes científicos solo buscan un compañero de viaje, nada de dar la vida por el otro ni del “contigo pan y cebolla”, eso son engañifas producidas por la oxitocina.

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Como quien refuta una teoría asentada, Astrid Bergès-Frisbey revoluciona las creencias de Michael Pitt, alguien que solo cree en los datos y que rechaza lo espiritual. ¿No es eso lo que le ocurre a cualquiera que se enamora? Ella es la dueña de esos ojos que le cambiaron la vida, los que fotografió una noche de fiesta y que se convirtieron de la noche a la mañana, literal, en los de su esposa. “Buscar y no encontrar también es un progreso”, repite con frecuencia el personaje de Brit Marling a lo largo del film. La compañera de laboratorio del científico quiere con él algo más que ayudarle con sus hipótesis. Así, los personajes parece que buscan algo que no podrá llegar y que cuando parece haber llegado no se parece demasiado a lo que andaban buscando. Algo así como el día a día de cualquier ser perdido porque no tiene claro lo que quiere, o porque sí lo tiene claro pero sabe que no podrá alcanzarlo y se resigna con cualquier sustitutivo. 

Los protagonistas de ‘Orígenes’ son felices en su infelicidad (¿les suena esta frase?). Ni la ciencia puede explicar todos los fenómenos que se dan sobre el planeta, ni podemos (con)fiarnos de nuestros sentimientos o intuiciones. Encontrar ese punto de confluencia entre lo uno y lo otro podría dar para una nueva disciplina, pero mientras esperamos la llegada de esta convergencia podemos disfrutar de una película que resume lo ideal de olvidar las creencias propias para avanzar hacia estados que jamás creímos posibles. Pocas veces la ciencia ficción había sido tan devota. Me encanta que me rompan los esquemas.