‘Ted 2’: Mirando hacia los 80 con humor

En mis años universitarios, hace poco más de una década, en una asignatura dedicada al cine tuvo lugar un curioso debate. El profesor ponderaba las virtudes de ‘Ciudadano Kane’, como mejor película de la historia del séptimo arte y un compañero de clase levantó la mano para decir, con la osadía e intensidad que se tiene a esa edad, que ‘Terminator 2’ era para él LA PELÍCULA, así con mayúsculas, causando la risa de unos cuantos allí presentes (la mía también). Sin embargo, esta controversia dio lugar a una interesante discusión sobre la influencia de los gustos y los referentes de cada uno a la hora de formar un bagaje cultural. Y si para la mayoría de expertos la obra maestra de Orson Welles es el mejor filme de la historia, para este compañero criado en los 80 y los 90 nada podía igualarse a la (por otra parte estupenda) cinta de James Cameron. El otro día comentaba que Peter Bogdanovich siempre ha hecho un cine que ha rendido homenaje al de los clásicos en blanco y negro con los que se formó como espectador y la influencia de lo que vieron de jóvenes puede extenderse a muchos otros cineastas. Por ejemplo, en la comedia de los últimos años podemos encontrarnos con muchos hijos de los años 80, los que crecieron con las comedias de instituto de John Hughes (‘El club de los cinco’, ‘La mujer explosiva’, ‘Todo en un día’) o las producciones de aventuras de Steven Spielberg (‘Los Goonies’, ‘Gremlins’, ‘Regreso al futuro’) y que se han visto influidos por su espíritu lúdico y algo infantil. Así, gente como Kevin Smith (‘Clerks’, ‘Persiguiendo a Amy’), los hermanos Farrelly (‘Dos tontos muy tontos’, ‘Algo pasa con Mary’) o Judd Apatow (‘Virgen a los 40’, ‘Lío embarazoso’) han hecho un cine con personajes más deslenguados y soeces que los apadrinados por Hughes y Spielberg, pero manteniendo ese tono de fábula protagonizada por los menos populares de la clase, que buscan su momento de gloria aunque para eso tengan que pasar por más de una situación incómoda. Y dentro de los creadores que hacen referencia a ese espíritu del cine ochentero podemos encuadrar a Seth MacFarlane, que acaba de estrenar ‘Ted 2’.

Seth MacFarlane se encuentra detrás de series de animación que han seguido la senda de incorrección política que iniciara ‘Los Simpson’ y ha sido creador de productos como ‘Padre de familia’, ‘Padre Made in USA’ y ‘El show de Cleveland’, en los que también ha puesto voces a varios de los personajes. En su salto al cine dirigió ‘Ted’, protagonizada por Mark Wahlberg y un oso de peluche malhablado (con la voz de MacFarlane), que tenía la capacidad de integrarse en la sociedad como uno más. Con ‘Mil maneras de morder el polvo’ ironizó sobre los tópicos del western y ahora regresa con la secuela de las aventuras de su osito aficionado a la marihuana.

Ted cobró vida gracias al deseo del joven John y tras el susto inicial se convirtió en una estrella mediática que años después sigue siendo reconocida por la gente, pero su origen se interpone en su destino. En esta ocasión Ted debe afrontar que aunque piense y sienta como una persona cualquiera no deja de ser un juguete y por ello legalmente es una propiedad, que no puede casarse con su querida Tami-Lynn (Jessica Barth), tener hijos o un trabajo, algo que va en contra de sus deseos de desarrollo emocional.

Esta negación de los derechos básicos de Ted dará lugar a una disparatada peripecia que compartirá con su inseparable amigo y compi-trueno John y la abogada principiante (Amanda Seyfried) que defiende su caso y que tiene en común con ellos su amor por la marihuana. Sin olvidar que el inquietante Donny (un Giovanni Ribisi que siempre borda los papeles de perturbado) sigue al acecho y, como en la primera parte de la historia, sigue deseando conseguir a Ted, ahora compinchado con el magnate de una compañía juguetera. Todo ello trufado, como le gusta a su director, con números musicales (como la espléndida coreografía que abre la cinta, la canción de Amanda Seyfried o el bizarro videoclip insertado a mitad de película, al estilo de tantas ochentadas, con sus protagonistas en una biblioteca y con música de ‘La revancha de los novatos’), varios guiños a la cultura pop (incluido un clímax en la edición neoyorquina de la Comic Con) y con apariciones especiales del jugador de fútbol americano Tom Brady (al que Ted y John tratan de robar esperma para conseguir un hijo), Liam Neeson, Sam “Flash Gordon” J. Jones y Morgan Freeman.

Habrá quien se sienta ofendido con el sentido del humor de MacFarlane, que no ahorra referencias sexuales, accidentadas visitas a un banco de esperma, chascarrillos de caca-culo-pedo-pis y la posibilidad de bromear sobre el 11-S ó Robin Williams. Creo que tampoco hay que rasgarse las vestiduras por ello, pues las gracietas de MacFarlane no dejan de ser como las de ese chaval que en las horas de clase se dedica a dibujar penes allá donde puede o a soltar alguna pedorreta a destiempo, un divertimento que bajo su aparente provocación esconde un regocijo puramente infantil. Algo que el propio director ya evidenció en la gala de los Oscar que presentó en 2013, donde firmó un número musical en el que se hacía referencia a actrices (con reacciones de alguna de las aludidas grabadas previamente para reforzar el efecto bufonesco) y películas en las que habían enseñado el pecho, con especial relevancia para todos los filmes en los que lo había hecho Kate Winslet.

Por eso ‘Ted 2’, al igual que su predecesora y tantas otras comedias que nos llegan de Estados Unidos, es una fábula sobre los pringados que consiguen redimirse haciendo algo bien y que nos quieren hacer reír sin perder de vista el componente emocional. Al estilo de otras historias que tanto se estilaron en los 80, una época deplorada por muchos críticos que consideran que el cine que se produjo entonces fue un tanto pueril, pero que es un cine que se disfruta si se ve con la perspectiva adecuada. Así que la película de MacFarlane no pasará a la historia, pero nos hace pasar un buen rato y quién sabe si en el futuro influirá algún cineasta en ciernes que la vea en sus años de formación.