‘Taxi Driver’: El poder del horror cotidiano

taxi.driver

Por David García Gallardo

Un servidor tenía 20 ó 21 años cuando vio por primera vez ‘Taxi Driver’. Era una de esas películas de culto que me recomendaban algunos compañeros de universidad, uno de esos ritos iniciáticos que debía pasar el cinéfilo y una tarde que se suprimieron las clases decidí acercarme a la videoteca de la facultad a verla. En aquel lugar, sentado frente a una pequeña pantalla con los auriculares puestos, rodeado de otros estudiantes que hacían sus particulares descubrimientos, experimenté una serie de sensaciones que solo dan las grandes películas, las que parecen que han sido hechas teniendo en cuenta nuestras necesidades, para nuestro uso y disfrute. Yo había sido un chaval solitario que empezaba a salir del caparazón en esa época universitaria, en la que conocí y me relacioné con mucha más gente como nunca antes lo había hecho en toda mi vida. Aún así, ocasionalmente surgía ese rastro de sentirme incomprendido y más solo de lo que me gustaría, el temor de llegar a ser un adulto solitario y amargado. Y esta película (la primera que veía de un Martin Scorsese que me sonaba de oídas y en la que me sorprendió ver a Robert De Niro tan joven, pues le conocía de sus comedias más recientes) fue toda una epifanía, una catarsis en la que sentí que parecían haber recogido unos cuantos de mis anhelos y preocupaciones.

Desde el primer momento se convirtió en una película de cabecera y durante días no podía quitarme de la cabeza lo que había visto, fascinado y atemorizado por el fresco de horror cotidiano que había presenciado. He tenido la oportunidad de ver ‘Taxi Driver’ en varias ocasiones más, la última hace unas semanas y me sigue pareciendo una obra maestra y posiblemente la mejor de su director y actor protagonista. Y es que no deja de ser una muestra ejemplar de cómo la soledad puede degradar un carácter. Debo advertir que en los siguientes párrafos haré más de un spoiler, así que si no habéis visto la película y tenéis curiosidad es mejor que dejéis de leer ahora y que volváis cuando la hayáis visto. ¿Seguís conmigo? Pues vamos allá.

‘Taxi Driver’ surge en primer lugar de la imaginación de Paul Schrader (‘American Gigoló’, ‘Aflicción’), que plasmó en un guión sus sensaciones tras su divorcio, su deriva emocional y no saber cuál era su lugar en la sociedad. El guión llegó a manos de Martin Scorsese, uno de los jóvenes realizadores surgidos a finales de los 60 que venían a modernizar el cine de Hollywood, por aquel entonces solo con ‘El tren de Bertha’ a sus espaldas. Tras realizar ‘Malas calles’ y ‘Alicia ya no vive aquí’ y contando con el recién oscarizado Robert De Niro por su papel en ‘El Padrino. Parte 2’ como protagonista, Scorsese logró la financiación para llevar adelante la historia de ese taxista inadaptado. La Palma de Oro del Festival de Cannes de 1976 fue el punto de partida de una película destinada a ser objeto de culto (en los Oscar no tuvo tanta suerte y fue superada por la más convencional ‘Rocky’) y uno de los clásicos modernos del Séptimo Arte.

Paul Schrader, Martin Scorsese y Robert De Niro

La película es, casi en su totalidad, un reflejo de la realidad a través de los ojos de su protagonista, como bien se nos muestra en los créditos iniciales. Nueva York nos parece una ciudad sucia y decadente, poblada por gente poco recomendable, porque así es como la siente Travis Bickle. Tampoco podemos olvidar el período en el que fue hecha, en el que Estados Unidos acababa de perder la guerra de Vietnam (en la que Travis estuvo), había una crisis económica mundial por los precios del petróleo, el mundo de la política se había teñido de corrupción por el caso Watergate (ahí está de fondo de la trama una elección política) y Nueva York tenía unos índices de criminalidad muy superiores a los actuales. Por ello, Travis es el representante de esa gente corriente decepcionada con el sistema, que ve como el idealismo de los años 60 había dejado paso a una realidad bastante gris.

Contextos históricos aparte, ‘Taxi Driver’ adquiere su grandeza por su retrato de ese hombre con escasas aptitudes sociales y un tanto racista, al que la soledad le va arrinconando cada vez más. Después de jornadas de trabajo de 12 horas o más, acude a salas X a ver pornografía como vía de escape o bien reflexiona sobre la vida en su pequeño apartamento, rodeado de trastos y desperdicios, incapaz de conciliar el sueño. Un día parece encontrar un sentido al conocer a Betsy (Cybill Shepherd), una bella joven que trabaja para la campaña de elección de Charles Palantine (Leonard Harris), uno de esos políticos que prometen el cambio para que todo siga igual, algo que también le sucederá al propio Travis con Betsy. Betsy tiene un horario y unos hábitos más corrientes que los de Travis, pero al principio se deja querer por la forma excéntrica de actuar de éste, pues posiblemente ella está tan sola y perdida en la gran ciudad como lo está él.

Sin embargo, la excentricidad de Travis dejará de parecerle curiosa a Betsy cuando éste cometa la torpeza de llevarla en la primera cita a un cine donde proyectan películas subidas de tono. A partir de ahí, ella corta la relación con él (estupendamente plasmada en una llamada telefónica en la que la cámara se aleja de Travis y enfoca a la calle que le sigue esperando, poblada por esa gente que no le gusta). Todo podría haber cambiado, pero todo continúa igual y Travis sigue siendo testigo de las oscuridades de la naturaleza humana.

El propio Scorsese (al parecer porque les falló el actor que debía hacer la escena) interpreta con acierto a ese tipo alucinado, miembro de una sociedad sin rumbo que Travis no puede soportar. Tratando de buscar una respuesta, le pide consejo a Wizard (un espléndido Peter Boyle), un veterano taxista, que viene a recomendarle que busque satisfacciones en las pequeñas cosas, pues en el fondo todos estamos jodidos.

Será entonces cuando Travis logre la respuesta a sus inquietudes. En su camino se cruzará Iris (Jodie Foster), una joven prostituta por la que Travis se interesa y dedicará sus esfuerzos a tratar de salvarla de un presente que él considera cruel. Sacarla de ese universo decadente, de esa Babilonia condenada, se convertirá en un modo de redención para él mismo, de hacer algo para cambiar el rumbo de las cosas. Para ello, adquiere una buena remesa de armas y entrena para convertirse en un justiciero urbano.

Al ver esta escena (cuyo ya mítico monólogo nació a través de la improvisación) no podemos evitar esa mezcla de humor e inquietud que nos produce Travis en otras ocasiones de la película. Ver a Travis con esa mirada perdida, haciéndose el tipo duro ante el espejo en ese apartamento cutre resulta perturbadora y risible al mismo tiempo, algo que el propio Scorsese resalta en el momento en el que repite el plano en el que Travis vuelve a empezar su discurso en el que dice que no puede más. A partir de ahí, Travis se corta el pelo al estilo mohicano y busca dar su merecido a ese político para el que trabaja la mujer que le ha decepcionado, sin mucho éxito. Donde sí triunfará es en su lucha contra el chulo (Harvey Keitel) que explota a la joven prostituta, un pelanas del tres al cuarto cuya desaparición no hará cambiar a todo lo que le rodea. De hecho, antes de que suceda, la menor parece hacerle ver a Travis que no está a disgusto con su posición, que para ella la prostitución es un modo de liberación.

En este sentido, en el que es quizá el único momento de la película en el que no tenemos el punto de vista de Travis, vemos como la relación de Iris y su chulo tiene tintes amorosos. Podríamos pensar que el taxista se está entrometiendo en una historia con matices tiernos o quizá simplemente vemos que el hombre mayor ejerce su influencia sobre la joven y la convence de que lo suyo está bien, ahí Scorsese deja abierta la duda. Finalmente llega la hora de que Travis se revista de ángel justiciero y ejecute a aquellos que estaban sirviéndose de la joven, en una escena en la que Scorsese no se ahorra ningún detalle a la hora de mostrar cómo la violencia que había ido acumulando Travis en su interior sale al exterior del modo más sangriento. Algunos defienden que la película debería acabarse con el magnífico travelling que describe los efectos de lo que acabamos de ver, incluso con la propia muerte de Travis, al que no le habría importado sentir que moría como un héroe, pero Scorsese nos brinda un epílogo muy elocuente. Travis es destacado en la prensa por su actuación y recibe el agradecimiento de los padres de la chica, incluso Betsy vuelve a entrar en escena.

Lo que esta escena nos muestra es que Travis en el fondo no ha cambiado nada. Nos puede parecer más relajado y más abierto una vez conseguida su catarsis, pero lo cierto es que se mantiene fiel a sus principios. Podría haber intentado una segunda oportunidad con una Betsy que parece predispuesta a olvidar lo pasado, pero para él ella ya le decepcionó cuando le retiró la palabra sin más explicaciones y no está dispuesto a pasarlo por alto. Betsy le hizo sentirse solo, como el resto de personas, frustrando su convicción de que ella podía ser diferente. Y una vez que Betsy ha abandonado el taxi, Travis parece ver algo por el retrovisor y nuevamente se activa esa vertiente de justiciero urbano. La película concluye tal como empezó, con Travis observando las calles de Nueva York, seguramente con el desprecio habitual y pensando en dar su siguiente golpe de efecto. Todo ello acompañado de la inolvidable banda sonora de Bernard Herrmann (‘Psicosis’, ‘Vértigo’), en su último trabajo antes de morir durante el montaje del filme.

‘Taxi Driver’ se convirtió en un éxito instantáneo y en la inspiración para no pocas personas con cierto desequilibrio mental que quisieron hacer suyas las peripecias de Travis Bickle, como es el caso de John Hinckley, obsesionado con la película y que atentó contra Ronald Reagan en 1981 para impresionar a Jodie Foster. El propio Paul Schrader dijo que un día se presentó en su oficina un hombre que venía desde lejos y que quería saber quién le había hablado de él al guionista y director, por lo bien que le retrataba en la cinta. Porque lo cierto es que uno de los méritos del filme de Scorsese es mostrar las características de un amplio de grupo de gente que está ahí aunque no se le preste mucha atención (y que eso es quizá el origen de muchos desfases) y que todos tenemos una parte de Travis en nosotros mismos. Por eso ‘Taxi Driver’ nos descoloca, al dar en la tecla de algunas de nuestras oscuridades y al mostrar cómo podríamos terminar si hiciéramos caso de ellas.

Aparte de la impresión que me causó ‘Taxi Driver’ en mis años de estudiante airado, la vida me ha dado ocasión de vivir alguna situación similar, trabajando de noche en una gran ciudad, Madrid en mi caso. Durante meses y meses tuve un empleo que me obligaba a volver a casa a altas horas de la madrugada y a dormir durante el día, al revés que la mayoría de la gente. Ese horario es muy duro de soportar, ya que en invierno apenas ves la luz del día y tu vida social se resiente, al estar activo a horas en las que los demás duermen y viceversa. Pero más duro aún es comprobar que buena parte de la gente que por la noche puebla las calles (no me refiero a los que puntualmente salen de fiesta, sino los que están tirados o deambulan por las mismas aceras día tras día) se encuentra en una situación de degradación, física y moral, que le deja a uno el ánimo por los suelos y le obliga a pensar en cosas agradables que pueda hacer al día siguiente para tranquilizarse antes de dormir.  Para poder despejar el temor de acabar como ellos o como el propio Travis, incapaz de soportar toda esa degradación que parece inevitable para los que viven al margen de la mayoría. Y ese es el verdadero terror, el que da más miedo que cualquier historia de monstruos, porque es palpable en el día a día.