A Girl Walks Home Alone at Night (Ana Lily Amirpour, 2014)

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Todo tiene lugar en una solitaria ciudad rodeada de desierto en la que un puñado de personajes forman parte de un relato circular de sueños rotos y miseria. Arash acaba de comprarse un coche después de ahorrar durante mucho tiempo, su padre le debe dinero a un camello que también chulea a una prostituta, la joven malcriada de la casa donde trabaja se aprovecha de él y una chica con chador a modo de capa se aparece de noche cerca de cualquiera que piense cometer algún abuso, llevando inexorablemente a un final sangriento y trágico. Un misterioso personaje que actualiza y redefine el mito del vampiro integrando elementos tanto de su iconografía como de su trasfondo mitológico en un universo de realismo social en la línea de ‘Byzantium‘ (Neil Jordan, 2012), que no duda en desechar o reinventar otros de forma consistente con su consciente posmodernismo.

Rodada en blanco y negro, formato anamórfico y en idioma persa, la ecléctica y estilizada mezcla multicultural y de géneros de ‘A Girl Walks Home Alone at Night‘ alcanza hasta a su banda sonora, proponiendo en su propio discurso narrativo la aceptación de las distintas influencias de su directora en su ópera prima. Esto sirve acertadamente para desligar de cualquier lugar geográfico concreto su ambientación, reforzando la idea de universalidad del concepto de monstruo chupasangre. La violencia gráfica y explícita se administra y estalla en momentos puntuales, muy al modo de los westerns de Sergio Leone. Es otro tipo de violencia la que está presente de forma constante y que pasa de lo dialéctico a lo físico o lo ideológico con gran sutileza. Una violencia de fondo, tolerada socialmente y reforzada por el sistema, sobre la que nadie hace nada. Una que expresa muy bien esa zanja repleta de cadáveres que a nadie importa en las afueras de la ciudad de Bad City, la población ficticia que se utliza de escenario para la historia.

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Su cuidadosa puesta en escena trata de establecer visualmente los desequilibrios absolutos de poder y la opresión en la sociedad. Empezando por la forzada necesidad de las distintos recursos energéticos presentes en el paisaje de Bad City o la influencia que ejercen los medios de comunicación con sus mensajes en pos del status quo e intereses creados. Pero sobre todo se exponen otras formas de opresión más específicas derivadas de las interacciones humanas como la adicción a las drogas, la explotación sexual o la más directa de la simple pobreza. Entre tantas formas de desequilibrios y agresión sistémica, la más concreta en la que se concentra el film es la opresión hacia la mujer y su invisibilidad, usando para ello la subversión encarnada en la propia protagonista, actuando como nadie espera que lo haga alguien de su sexo. Algo irónico al ser reivindicado por un ser oprimido por su propia eternidad, forzada a alimentarse de seres humanos que escoge entre lo peor y lo más marginal.

Las sigilosas persecuciones callejeras, que por momentos recuerdan a las de la mujer pantera de ‘Cat People‘ (Jacques Tourneur, 1942), la llevan a conocer a Arash. Una estimulante contradicción inesperada para ella a partir de un insólito encuentro que plantea una relación de igual a igual dramatizada ingeniosamente por el reclamo de un tópico disfraz de Drácula. Una broma del destino que la desafía a valorar la posibilidad de considerar algo más que potencial fuente de alimento a otra persona. Giro romántico que en la película está desprovisto de cualquier idealización o inocencia y sugiere el amor como el definitivo contrapunto liberador y honesto al egoísmo, intenciones ocultas y la falta de solidaridad hacia los demás que definen la mayoría de interacciones personales.

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