Festival de San Sebastián – 5ª jornada – El apóstata, El rey de la Habana, The boy and the beast, Drifters

Por Henar Álvarez

¿Cuántas veces hemos perdido el tiempo con gilipolleces con tal de no enfrentarnos a la realidad? Álvaro Ogalla es un ser apático que no termina la carrera porque es más cómodo seguir viviendo a costa de unos padres bien situados y sin más preocupaciones que algún asunto banal pero que de cara a la sociedad parezca, algo así, como un grito de auxilio, un canto a la libertad. El protagonista ha decidido apostatar. Objetivo absurdo donde los haya, sin mucha relevancia pero con la repercusión suficiente entre la familia y amigos para que parezca que aun te quedan principios, que eres la persona con más dignidad que existe sobre la tierra. Federico Veiroj ha firmado un estudio sobre la desidia y la abulia. ‘El apóstata‘ disfraza con quejas sobre los procedimientos que impone la Iglesia para bajarse del barco, y mucho humor, la verdadera naturaleza del ser humano que “tiene que aceptar que la mediocridad es su estado natural”.

El apóstata

‘El apóstata’, de Federico Veiroj

Me sorprende que la mayoría de las voces que han visto la película en el festival de San Sebastián centren sus análisis en el hecho de apostatar e, incluso, extrapolen la supuesta valentía del protagonista a los catalanes que hoy piden la independencia de España. Al personaje de Ogalla cualquier nimio esfuerzo le parece un triunfo. La película comienza con él sorprendiéndose porque un monaguillo está haciendo voto de silencio. No es capaz de invitar a un café a la mujer que le gusta y prefiere seguir trajinándose a la presa segura. No termina la carrera por una sola asignatura. Miente a su familia con los resultados escolares desde que era adolescente. Viste cada día de su insustancial existencia con la misma ropa. Todo le produce indiferencia. Apostatar es sólo la forma de demostrarse a sí mismo que en su cabeza conviven más de dos neuronas.

El rey de la Habana

‘El rey de la Habana’, de Agustí Villaronga

Un falo descomunal -uno gordo, largo y con perlas insertadas en su tallo- es el cetro de ‘El rey de la Habana’. Agustí Villaronga encadena todos los tópicos sobre Cuba para contar la historia de Reinaldo, un apuesto e ignorante adolescente que acaba de salir del reformatorio. Como en cualquier falocracia, se sirve de la bestia que habita entre sus piernas para dar y recibir alimento. Imagino que la intención del director era describir la verdadera Cuba, realizar un retrato más o menos fiel de la vida cotidiana de sus habitantes. El arranque de la película y un par de escenas posteriores son lo único rescatable de este film que en conjunto resulta pobre y que termina desbarrando cuesta abajo y sin frenos. Los últimos 45 minutos son una secuencia de “What the fuck” insufribles. Es incomprensible que un trabajo como este se haya colado en la sección oficial de un festival de renombre.

Por Ramón Rey

The boy and the beast

‘The boy and the beast’, de Mamoru Hosada

La primera película de animación que entra en competición en la sección oficial no ha defraudado. ‘The Boy and the Beast’ (Mamoru Hosoda, 2015) supone un nuevo paso del director japonés en su sello establecido mezclando premisas de corte fantástico que sirven para desarrollar dramas familiares y conflictos internos de sus personajes relacionados con la naturaleza humana. En ella un niño que ha escapado de casa encuentra refugio en un mundo imposible oculto a plena vista y habitado por bestias antropomorfas. Como viene siendo habitual, la mitología presente sirve de excusa para tratar otros temas muy cercanos y cotidianos. En este caso los problemas derivados de las adopciones y la capacidad que todos poseemos de hacer el mal por mucho que tratemos de disimularlo ante nuestros seres queridos. El diseño de los personajes, la dirección artística y la banda sonora complementan a la perfección una historia de tono didáctico con grandes dosis de humor.

Drifters

‘Drifters’, de Peter Grönlund

La sencilla propuesta de la sueca ‘Drifters‘ (Peter Grönlund, 2015) es su mejor baza dentro de la corriente de realismo social alrededor del problema de las drogas en la que puede englobarse el film. La protagonista Minna se encuentra en una espiral autodestructiva que parece sin retorno y el trapicheo con la droga y la miseria son ingredientes suficientes para que las dificultades que experimenta formen un oscuro túnel que parece no tener salida. Aunque no aporta nada nuevo a este tipo de relatos, el reparto encabezado por Malin Levanon ayuda a construir un universo sucio, triste, decadente y con elementos trágicos que en ningún momento pierde credibilidad. El estilo visual cercano al documental ayuda a sumergirse en ella de manera inmediata y orgánica, aunque sea excesivamente impersonal. La falta de ambición es la única limitacion perceptible en una película en la que se pueden apreciar un gran capacidad para la dirección de actores y un guión contenido con las ideas bien definidas.