‘Los exiliados románticos’ (Jonás Trueba, 2015): Road Movie de Nueva Ola

Cuando nos ponemos a hablar de algo, sea el tema que sea, siempre acabamos cayendo en la sistematización, en el encasillamiento. Nos gusta juzgar las cosas y también meterlas en un molde, archivarlas, encajonarlas, aunque solo sea por buscar coherencia en una vida y un mundo que siempre tiende al caos y la confusión. Naturalmente, eso se repite cuando hablamos de cine y decimos que tal película recuerda a otra y que el estilo de este director bebe de aquel otro y que ese otro actor tiene una presencia y un carisma que recuerda a la gran estrella de décadas pasadas. No digo que eso sea un error, pues lo cierto es que las similitudes muchas veces son de lo más evidente, incluso reconocidas por aquellos que las han buscado en primer término, pero también ocurre que a veces se habla de más. No son pocos los que dicen que el cine español es una sucesión de películas de escasa calidad subvencionadas con dinero público, que tratan siempre de los mismos temas, con actores que a duras penas saben vocalizar y con desnudos gratuitos. Hay películas así, cierto es, pero es una gran injusticia meter a todos en el mismo saco, pues cada creador es de su padre y de su madre y tiene sus intereses. Unos intereses que a su vez siguen los de otros creadores con los que han crecido como espectadores y que han despertado su amor por un arte que es conjunción de tantos otros. De esta manera, nos encontramos con películas producidas en nuestro país que poco tienen que ver con esos topicazos antes mencionados y que producen el efecto en buena parte del público de decir “no parece española”, siempre en un sentido positivo, como si parecer española fuera acercarse al bodrio. Entre esos filmes, los hay que quieren emular el modelo de Hollywood y los hay que buscan parecerse a unos referentes más europeos. Y entre estos últimos podemos situar a ‘Los exiliados románticos’, galardonada con el Premio Especial del Jurado en el último Festival de Málaga.

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Tres amigos (Francesco Carril, Vito Sanz y Luis E. Parés) emprenden un viaje sin motivo aparente, tan sólo buscando el encuentro de amores idílicos y a la vez efímeros, con la única misión de sorprenderse a sí mismos y seguir sintiéndose vivos. Algunos podrían decir que se trata de quemar las últimas naves de la juventud, mientras que otros hablarán de la decadencia del género masculino.

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‘Los exiliados románticos’ es el tercer largometraje de Jonás Trueba, hijo de Fernando Trueba y sobrino de David Trueba, que comenzó su carrera como guionista de ‘Más pena que gloria’, ‘Vete de mí’ y ‘El baile de la victoria’, antes de debutar en la dirección con ‘Todas las canciones hablan de mí’ y continuar con ‘Los ilusos’. Si tiráramos de lugar común podríamos pensar que debido a su parentesco, Jonás Trueba lo debe tener más fácil para hacer películas y que no le faltarán recursos ni actores para que haga lo que venga en gana. Y lo cierto es que por ahora está haciendo lo que quiere, pero con presupuestos mínimos y una distribución limitada, sin nombres muy conocidos en sus repartos. De hecho, en su caso parece ir dirigiéndose a una mayor libertad formal tras un debut más convencional. ‘Todas las canciones hablan de mí’ es una cinta de indudable interés sobre las relaciones humanas en general y las amorosas en particular que está lastrada por unos diálogos demasiado literarios en ocasiones, que le dan rigidez al producto final, salvo en el caso de los actores más talentosos, que pueden con lo que le echen, como lo hacía una magnífica Bárbara Lennie previa a su reconocimiento con ‘Magical Girl’.

La ópera prima de Jonás Trueba apuntaba maneras, al igual que ‘Los ilusos’, rodada en blanco y negro con muy pocos medios y una mayor desenvoltura estética y argumental, aunque lastrada por un exceso de necesidad del director de hacerse presente en el diseño y el desarrollo de la frágil trama. ‘Los exiliados románticos’ vendría a ser una suerte de compendio de las dos anteriores, con un acabado visual más trabajado, un guión en el que predomina la levedad y con un uso minimalista de los enclaves por los que se mueven sus protagonistas. Rodada en apenas 12 días a modo de road movie en Toulouse, París y Annecy, Trueba no se deja llevar por la postal a la hora de poner en imágenes la peripecia veraniega de los tres jóvenes ni tampoco apuesta descaradamente por la comedia o el drama, que van surgiendo a medida que vemos las evoluciones de los personajes.

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Aunque sean tres hombres los que efectúan el viaje, las protagonistas de la película son las mujeres (aquí Renata Antonante, Isabelle Stoffel y Vahina Giocante) pues como se recuerda a lo largo del metraje, todo sería más aburrido si cada sexo actuara por separado. Francesco, Vito y Luis van a pasar unas vacaciones en las que también se reencontrarán con mujeres que tienen más claro lo que quieren y que han marcado su vida de diversas formas, ya sea en busca del romanticismo (caso de Vito con Vahina), de volver a formar parte de la vida de la otra persona (caso de Luis con Isabelle) o de mostrar la imposibilidad, fundamentada también en el egoísmo, de establecer una relación (caso de Francesco con Renata). Porque lo que queda claro es que cada uno podemos tener una idea de lo que ansiamos en temas de amor, pero al final también depende de lo que sienta la otra parte, que nos puede hacer sentir como un dios, un miserable o un idiota, incluso las tres cosas al mismo tiempo.

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Se ha hablado de la influencia de Rohmer, especialmente con una escena rodada en el mismo lugar que ‘La rodilla de Clara’, aunque el propio Trueba ha reconocido que no tenía en mente ni la película ni al director a la hora de hacer la suya. Viendo ‘Los exiliados románticos’ podemos ver un claro gusto en su director por el cine de la Nouvelle Vague, usando emplazamientos reales, la figura algo mágica de la mujer, el empuje de los momentos aislados sobre el argumento, las citas literarias en medio de una conversación aparentemente banal o las salidas de tono en la lógica de la trama, con esa cantante (Miren Iza, de Tulsa) que van encontrándose a su paso y que parece ser su voz de la conciencia, pespunteando sus emociones con su canción sobre el amor efímero.

La ligereza de ‘Los exiliados románticos’ acaba siendo finalmente su mayor virtud y su mayor defecto, con unos personajes apenas definidos y una escueta duración de apenas 70 minutos en la que se acaba echando de menos algo parecido a un tercer acto que remate los muchos cabos sueltos que ha dejado la trama. Por el contrario nos deja una serie de momentos para recordar, como la cena en la que Isabelle hace una declaración vital o el reencuentro entre Vito y Vahina (a la que algunos aún recordamos de su encantador papel en ‘Lila dice’) en los parisinos Jardines de Luxemburgo, muy bien llevado en su mezcla de humor, amor y patetismo. Aún sigo a la espera de una película redonda de Jonás Trueba, pero no le puedo negar su capacidad para captar instantes de muy buen cine. Un cine que sigue buscando una voz propia que le aleje de los tópicos, aunque acabe siendo encasillado de un modo u otro, pues, como diría aquel, todo está inventado.

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