“La Iglesia le tiene más miedo a la prensa que al infierno.” Pablo Larraín, director de ‘El Club’

Llegó a Berlín sin hacer ruido y salió de allí con el Oso de Plata del Gran Premio del Jurado y la sensación general de que tanto ‘El Club’ como Pablo Larraín merecían mucho más. El director y productor chileno se ha forjado una carrera dilatada con títulos como ‘Post mortem’, ‘Tony Manero’ o ‘No’, nominada al Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa en 2012. Su última película ya está en las salas de nuestro país y apunta directamente a la Iglesia Católica. Nosotros aprovechamos su paso por el último Festival de San Sebastián para sentarnos a hablar con un director que, como en toda su filmografía, con ‘El Club’, vuelve a dar de pleno en la diana.

Pablo Larraín en el pasado Festival de Berlín

En ‘El Club’ llama mucho la atención  ese ambiente tan turbio que desprende toda la película. ¿Cómo te surgió la idea para crearlo?

A las 10 de la mañana (risas)… Bueno, lo que pasa es que la estructura dramática, el giro, los personajes… Son esenciales. Todo el guión en general lo es claro, pero también lo son el tono y la atmósfera. El como se ve una película, como se siente, como te entra la película por los poros. Al espectador le entra de manera sensorial y nosotros buscamos una estética, un lugar narrativo que tuviese sincronía con lo que se está contando. A veces pasa, no se si a ustedes también, que uno ve una película que tiene un tono en su narrativa y otro en su visualidad, y no siempre están en sincronía. En ‘El Club’ hay algo vaporoso, como un poco deprimido, de penumbra, algo que tiene que ver un poco con el alma de la película y eso es lo que queríamos. Buscamos una óptica antigua, soviética, de los años 60, con muchos filtros. Una que hace que el sensor de la cámara de HD reaccione de una manera a la que no estamos acostumbrados. Piensen que cuando filmábamos en celuloide, en el proceso fotoquímico del revelado, al final, se lava el negativo. Se lava con agua. Ese agua viene de cada país, lo que hacía que finalmente un negativo revelado en Francia se viera distinto a uno revelado en México o no se acuerdan que las películas gringas tenían un look, las españolas otro, las francesas, las chilenas… Eso ya se acabó. Había como una textura casi geopolítica en los negativos. Hoy día el chip está hecho en la misma fábrica de China o Japón, no tengo ni idea, y eso hace que el cine sea muy homogéneo, que todas las películas se parezcan. También pasa con la televisión, las cámaras que se usan son las mismas que en el cine y como que todo se empieza a ver igual. Nosotros teníamos un interés en darle una identidad a la película, una necesidad, una intención de encontrar algo que se vea distinto y acorde con lo que contamos. Algo muy asociado al epígrafe, a la cita que hay al principio de ‘El Club’: “Y vio Dios que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas”. Eso tiene que tener también una consistencia visual.

En tu última película estás hablando del presente pero, al igual que sucede en el resto de tu filmografía, sigues muy ligado al pasado más reciente de Chile.

Sí. Yo diría que hay una temporalidad. Lo que pasa es que este tipo de casas y el relato de la película es tan viejo como la Iglesia. Pero hay elementos que sí la hacen contemporánea, como la paranoia de la prensa. Los medios tienen hoy día una relevancia, una influencia y una sincronía con la ciudadanía que antes no existía. La Iglesia le tiene más miedo a la prensa que al infierno. Cuando la monja dice “si usted cierra esta casa yo voy a llamar a la televisión y les voy a contar todo esto”, es ahí cuando aparece la verdadera amenaza. Es eso lo que hace a la película verdaderamente contemporánea, porque es el fantasma vivo de la Iglesia Católica. Sí que puede ver atemporal pero yo creo que realmente no lo es tanto. Además, hay otro conflicto que también es nuevo. El que surge de la pugna entre la nueva Iglesia y la vieja Iglesia. Esa nueva Iglesia un poco del Papa Francisco ¿No? Una que quiere ser más humilde, más cercana a sus fieles, una Iglesia que comprende y que busca el perdón. Ves que la vieja Iglesia que lleva dos mil años funcionando es la Iglesia del cónclave, que significa con llave. Una Iglesia que toma todas las decisiones a cuatro muros, que cierran las puertas, meten la llave, hablan estos señores, salen y tiran un humito y dicen algo como: “Esto es así”. Esa pugna entre las dos Iglesias también es nueva y, tal vez por ahí, hace a ‘El Club’ un poco más contemporánea.

¿Has tenido algún tipo de respuesta por parte de la Iglesia Católica sobre tu película?

No porque la Iglesia lo que hace es ignorarte. Si hablaran de ti te darían más visibilidad y saben que al final sería peor. Así que no, no han dicho nada.

¿Crees que eso va a ser así solo en Chile o que por ejemplo aquí en España sí que podrían decir algo?

Te podría poner en juego mis manos a que no dicen nada. Ojalá dijeran algo (risas) pero no creo.

Los ‘curitas’ de ‘El Club’

Es difícil encontrar una película tuya que no meta el dedo en la llaga de la sociedad. ¿Crees que todavía el cine puede ser una herramienta para estrujar conciencias?

Comprendo la pregunta pero la verdad es que es bastante más espontáneo de lo que piensas. Yo no tengo como una organización tan política en mi cabeza. Es verdad que suena un poco ridículo después de ver las películas que he hecho pero es bastante más espontáneo. Son como materiales narrativos que van surgiendo en la medida que me van pasando. Ahora acabo de rodar una película sobre ‘Neruda’, ya está filmada y la estoy editando y claro, también es algo política pero la hice como una especie como de thriller policial. Yo no sé que va a pasar…

¿Con ‘Neruda’ dices?

Sí, no sé como voy a terminarla. Estoy viendo, estamos editando, está bien bonita, que sé yo… No tengo ni idea. Lo que sí creo, es que me estoy dando cuenta de que si hay algo que atraviesa mi trabajo es la impunidad, y eso sí que es consciente. Es una de esas cosas que te das cuenta.

¿La impunidad del que tiene poder?

Claro, al final son puras estructuras de poder. Hay gente más privilegiada que otra que está protegida y, de pronto, te das cuenta porque alguien acaba de decirlo. Al final, yo creo que cualquier película es un gesto político. Aunque sea la más burda, una de animación, o una película diseñada estrictamente para entretener a la gente en un avión. En una película siempre hay un reverso humano y una realidad social y eso, en cualquier caso, tiene contextualidad política. Siempre es mejor no desconocerla y mirarla de frente y, si va a tener un sentido político, que sea claro y fuerte. Que tenga la palabra bien dicha.

El guión se lo ibas dando a los actores día a día. Ellos nunca lo llegaron a tener entero desde el principio, lo iban conociendo según lo que se iba a rodar cada día. ¿Por qué lo hiciste así?

Por distintos motivos, el primero porque lo estábamos escribiendo. No lo teníamos teminado. Pero también porque es como un ejercicio en el que ellos tampoco sabían mucho ni de su personaje ni de los otros. Esto es un gesto de confianza entre los actores y nosotros y también hace que ellos no preparen su personaje. Al final es un acto de presencia y de presente. Al no conocer la biografía de su personaje, al no saber ni si quiera como se llamaban sus personajes, ni cuál es el devenir de la película, el actor, se pone ante la cámara y, la primera toma, es ridícula. La segunda también y, como son actores de oficio, en la tercera ya empiezan a instalarse y a darle fuerza a lo que está pasando. En la quinta toma tienes ya una verdad muy potente y eso es un poco lo que estamos buscando. Que hubiese una verosímilitud que viniera desde ese acto de presente y de presencia. Creo que es una sensación que funciona. He hecho películas de distintas maneras, en unas a veces está todo muy estudiado y ensayado y otras de este tipo. No creo que haya un sólo método pero me gustó esta manera para ésta película en concreto.

Todas tus películas meten el dedo en la llaga pero siempre tienen un punto de humor. Incluso en ‘El Club’ está muy presente, un humor negro.

¿Te reíste mucho?

Te comento, en el festival de Berlín, muchísmo. Todos en general nos reímos bastante, sin embargo, en el pase que hubo en Madrid, cuando yo me reía, me miraban como diciendo “No tiene ninguna gracia”.

Sí. Ayer se rieron mucho, más que en cualquier parte. Yo sentía que estaba viendo una comedia así como dura. Me llamó mucho la atención.

¿Pero la escribiste como si fuese una comedia o es algo que te ha sorprendido al ver la reacción del público?

No, no, no. La escribí… Pasa mucho que la comedia sucede cuando estás filmando. Como que es ahí cuando surge la idea de que haya algo que puede ser gracioso y cambias un poco el guión para hacerlo de esa manera. Lo que pasa es que el humor tiene una cosa maravillosa y en la película sucede. Es lo que tú acabas de decir, que la gente se ríe de cosas que tal vez no debería reírse. Eso produce una risa y luego, en muchos casos no en todos, la gente se cuestiona casi moralmente si es correcto reírse o no de eso. El espectador se retrae, está todo el tiempo en un juego en el que se ríe de algo de lo que quizás no debería: Se siente bien, se siente mal, se juzga, se autojuzga… Es como una especie de ejercicio que tiene que ver con la perspectiva ética y moral de cada uno. Por eso, tal vez, la película que tú estás viendo es distinta a la que está viendo el tipo de al lado. Existe una clase de humor que es una broma con la que todos nos reímos, y después tipo hay otro que es el humor moral. Ese en el que tú te ríes un poco más, el otro se ríe menos y de repente te ríes y ¿por qué me reí de esto? Tú mismo te preguntas si es correcto reírse de eso o no. Te lo preguntas desde un punto de vista moral. Te estás riendo, o no, de la miseria de alguien y, esa mecánica, es muy interesante porque hace que el espectador este activo. Al final, el humor, permite esconder ciertas ideas que, dichas de cualquier otra forma, sonarían distintas. Es una buena mecánica, una buena estrategia para decir estas cosas.

Sandokan (Roberto Farías) en ‘El Club’

En ‘El Club’ hay un personaje, Sandokan, que sorprende por su forma de expresarse. A la hora de hacer el guión ¿ya teníais pensada esta forma de hablar o fue algo que surgió en el trato con el actor?

Ese personaje viene de una obra de teatro que yo hice con Roberto Farías, el actor que lo ineterpreta en la película. Se llama ‘Exceso’, es una obra que escribimos juntos y la que estuvimos trabajando durante un año para llevarla a cabo. Es la historia de un niño que habla de como fue abusado. Un monólogo de 50 minutos en el que él está hablando de todo este tipo de abusos de los que fue víctima durante su infancia. Lo que hicimos en la película fue traer un poco a ese personaje de la obra de teatro e integrarlo. Roberto Farías es el único que tenía realmente un trabajo de preparación. Sandokan era el único personaje con el que ya habíamos identificado un habla, un tono. Es un personaje que hace algo que a ustedes les debe sonar raro: Su manera de hablar. Es una especie de coa, un lenguaje, una jerga chilena carcelaria, de la calle. Una manera de hablar que es muy difícil de conseguir que suene realmente espontánea y cercana a como en realidad hablan esas personas. Por eso estaba todo muy escrito, excepto algunas escenas en las que él fue capaz de improvisar porque que ya tiene mucho domino del personaje. Cuando está hablando con el Padre García, casi al final, toda esa escena que es un plano muy largo y en la que está contando toda esa cantidad de cosas, está improvisada. Pero claro, es una improvisación de un actor (Roberto Farías) que tiene al personaje muy desarrollado. Para la obra de teatro nosotros habíamos estado ensayando durante seis meses, todos los días de la semana, cuatro o cinco horas diarias. Habiamos investigado, estuvimos y hablamos con mucha gente, con muchas víctimas de abusos, y luego la obra estuvo tres temporadas seguidas en cartel. Cuando llegamos a hacer ‘El Club’ el personaje de Sandokan estaba muy desarrollado y muy bien armado.

En ningún momento se ven escenas ni de niños ni de abusos. Las conocemos a través de ese personaje, de su realidad y la descripción que él hace de todos esos sucesos. Has preferido eso a mostrarlo en imágenes.

Sí, porque es mucho más peligroso no mostrarlo que mostrarlo. Si tú no lo enseñas es el espectador el que se crea su propia imagen y, esa imagen, es una mucho más perversa que la que yo pueda hacer. Cuando alguien te describe una situación, la imagen que uno mismo se crea es mucho más compleja, más sofisticada y mucho más profunda que cualquiera que se pueda mostrar gráficamente en la pantalla.

Pablo Larraín

Además de dirigir, tienes también una carrera consagrada como productor. A la hora de escoger un proyecto, ¿qué es lo que tiene que tener una película para que te decidas a producirla?

No son proyectos. Son directores. Es lo que ese director quiere hacer. Lo que hago con mi hermano Juan es trabajar con directores y apoyarles en la película que ellos quieran hacer. No intervenimos en nada de caracter artístico salvo que ellos así lo quieran. Son amigos en realidad: Sebastián Silva, Sebastián Lelio… Todos son amigos, son compañeros, gente de la casa. Nos ayudamos, nos enseñamos los guiones, nos cuidamos y yo trato de ayudarles pero jamás les he dicho lo que tienen que hacer, jamás se lo digo. La verdad es que el verdadero productor es mi hermano Juan, él es quien realmente ejecuta la película.

Hemos leído que vas a dirigir un biopic sobre Jackie Kennedy (‘Jackie’) y, por tanto, vas a dar el salto a Hollywood. ¿Cómo te enfrentas a esta situación?

Es que hablar de películas que no se han hecho da mala suerte (risas).

Más que nada, lo que nos gustaría saber es si te lo pensaste, si tenías miedo a perder los referentes chilenos que siempre han sido clásicos en tu cine o si te daba igual y lo afrontas sin miedo…

(Pablo Larraín sonríe pero no responde)

Da mala suerte. Vale. Volvamos a ‘El Club’, los perros que aparecen, ¿estaban en la historia original o fue algo que incorporasteis posteriormente?

Estaban, estaban. Cuando llegamos al pueblo para buscar la localización, a buscar esa casa amarilla que siempre fue así, nosotros no la pintamos, al emprender el camino de vuelta a Santiago de Chile descubrimos el canódromo. Había una carrera de galgos esa misma tarde así que nos quedamos para verla. Fue después de eso cuando empecé a investigar y descubrí que, en todo el mundo, el país dónde más carreras hay de este tipo es en España. Toda esta manera de entrenar a los perros que se ve en ‘El Club’ la encontré en páginas webs españolas. Todo ese frickerio es de ustedes (risas) y todavía las hay peores. Vi una en la que un señor, subido en en la parte de atrás de una camioneta, le ponía un señuelo al perro para que fuera corriendo. Lo ví en muchos vídeos de España ¡y le hablan a los perros! No si aquí están más locos (risas) Vi gente que le hablaba a los perros, españoles comunicándose con los perros. Hicimos una escena así pero la quitamos porque era demasiado ridícula. Pero es un tema bonito porque el galgo es el único perro que se menciona en la Biblia, es verdad eso. Es un perro que tiene un carácter místico y teológico. Hay tres razas originales de perros que dieron lugar a todas las demás y el galgo es una de ellas. Una de las razas madre. Luego además, en esa idea de la carrera, hay algo de pugna ahí también, hay como una especie de idea de la competencia.

Fotograma de ‘El Club’

Has hablado antes del conflicto entre la vieja Iglesia y la nueva. Esta Iglesia nueva, ¿sigue siendo un club?

Sí, porque los clubes tienen reglas y tienen sobre todo miembros que quieren proteger a ese club. Que quieren que exista. Entonces claro, el club tiene diferencias internas pero sí, sigue siendo un gran club.

Alfredo Castro es un actor ligado a tu cine. Está en todas tus películas. ¿Qué tiene Alfredo Castro?

No lo sé. Eso es lo maravilloso. Es muy misterioso. Es un actor que tiene mucho misterio y quizás eso sea lo más interesante del cine. Cuando no eres capaz de descifrar lo que le está pasando a esa persona, cuando el espectador se lo pregunta. Afredo es un amigo, alguien que me enseñó mucho y además es un actor con un misterio maravilloso y una inteligencia increíble, muy sofisticada, y luego tiene una cara que… Que casi que te la encarga. En cuestión de segundos, puede ser una persona delicada y amable o el ser humano más temible. Es fascinante.

El Padre Vidal (Alfredo Castro) en ‘El Club’

Para terminar ya, y después de probar la experiencia de trabajar para la HBO (‘Prófugos’),  ¿estás de acuerdo con que eso que se dice últimamente de que, el mejor cine, se está haciendo en series norteamericanas?

No, lo que está pasando en la televisión es increíble pero creo que ha mejorado tanto gracias a que están tomando herramientas del cine. Creo que cuando el cine se va a la mierda es cuando se parece a la televisión. El verdadero cine nunca va a ser un programa de televisión, no podría serlo. Ahí está George Miller (director de la saga ‘Mad Max’ sentado a escasos metros de dónde realizamos esta entrevista), ¿pregúntale a él si quieres? (risas) Yo no tengo ni idea, ¿ustedes se imaginan que alguien hiciera una serie de televisión con ‘Boyhood’? El cine está muy sano lo que pasa es que tiene que encontrar un espacio que no puede ser televisivo. Está redifiniendo su identidad y esto es muy bueno pero creo que el buen cine siempre va a estar en el cine. Por otro lado hay algo que le diferencia de la televisión, el cine es una experiencia colectiva. Es como una misa, te sientas con alguien que no conoces de nada y miras hacia delante para que te cuenten algo. Eso no pasa en la televisión. Además,  al ser de gran formato, el cine nunca va a ser igual que la televisión porque hay algo que se produce al mirar a es pantalla tan grande que lo hace más inquietante y mucho más hipnótico. Esos silencios y esos tiempos del cine no son posibles en televisión. Si los haces, te cambian de inmediato. ¿Habéis visto la película de Hou Hsiao-Hsien (‘The assassin’)? Intenten un programa de televisión con eso a ver como queda. Hay cosas que solo pueden estar en el cine y es maravilloso que así sea.