Pierrot le Fou (Jean-Luc Godard, 1965)

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Según Samuel Fuller, el director estadounidense que aparece al comienzo de ‘Pierrot le Fou‘ interpretándose a si mismo, el cine es un campo de batalla en el que coexisten amor, odio, acción, violencia, muerte, amor… en definitiva, el cine es emoción. Jean-Luc Godard parece anticipar así al espectador lo que será el resto del film. Un auténtico ejercicio de rebeldía creativa que pone a prueba los límites del propio medio mezclando a voluntad elementos, recursos narrativos, clichés y referencias metatextuales de distintos géneros. Desde la road movie al romance, pasando por las aventuras o el policiaco, sin olvidar el musical, la denuncia social y el discurso político sobre la situación de una época marcada por la guerra de Vietnam. Así es como construye una obra que tiene mucho de declaración de intenciones sobre la misma forma de expresión artística en la que quiere demostrar que todo en ella debe someterse a las intenciones del autor.

La excusa argumental para ponerlo todo en marcha es la pasión descontrolada que todavía siente Ferdinand por una niñera que resulta ser su antigua amante Marianne. Un hombre con una vida convencional y aburrida que mantiene por inercia, que no duda en lanzarse a una huida sin retorno en búsqueda de su libertad e individualidad perdidas. Los dos escriben así su historia tomando prestados fragmentos de otras en lo que desde el principio parece un amor destinado a un final trágico. El empeño de ella en llamarle a él “Pierrot” no es precisamente casual. Ferdinand teme constantemente no ser correspondido y su recuerdo de la relación con su amada está filtrada por una mirada nostálgica propia de la locura que implica ese sentimiento. Él habla con palabras, ella con emociones. Unas emociones que encapsulan ideas imposibles de expresar de manera explícita con el lenguaje.

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Se trata este de un problema sobre el que se basa la mera existencia de la película. Los cánones, las estructuras y las convenciones constriñen el arte y las posibilidades de las imágenes. Como es habitual, Godard rompe sin miedo la cuarta pared con sus actores, transmitiendo directamente al espectador sus inquietudes más íntimas y sus miradas, además de jugar con la idea de que sus personajes se saben partícipes de una obra de ficción. A la vez busca la complicidad con el uso absolutamente subversivo que hace de multitud de técnicas cinematográficas establecidas e incluso fuerza al espectador a percibir lo artificioso del montaje, solapando diálogos repetidos entre puntos de vista de cámara durante la continuidad de una misma escena. Una estratagema para poner en perspectiva el eterno conflicto entre forma y fondo. La trama aquí no es más que una excusa para que los protagonistas recorran cierto camino, con sus certezas y sus misterios.

El conjunto de situaciones en las que se ven envueltos es consecuencia de una lógica creada por ellos mismos. Una que deliberadamente desafía las expectativas y que deja espacio a la deconstrucción, parodia y cuestionamiento del significado de todo artefacto cultural, ya sea de literatura, música, cómics, publicidad o cine, que aparece en la cinta. Un ejemplo de posmodernismo que sirve para situar al director y su obra respecto al contexto en el que existen, que define su narrativa fraccionada y la descripción de una sociedad global recién formada en proceso de tomar conciencia de si misma. Con toda su complejidad, ‘Pierrot le Fou’ no deja de ser una reflexión sobre la fugacidad de la vida y el concepto del amor en sus particulares términos, desde lo más lírico a lo terrenal, pero también es una proclamación de insurrección contra las cadenas que atan el arte a formatos preconcebidos.

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