‘Amama’ (Asier Altuna, 2015): Las raíces de un pueblo

Durante 6 años tuve la oportunidad de residir en Bilbao y allí conocí muchos aspectos del pueblo vasco, tantas veces resuelto a base de cuatro tópicos y mirado con desconfianza en otras partes de nuestro país por las muertes causadas por el terrorismo de ETA. Y no hay que irse al recurso de la ignorancia creada por lejanía para explicar estas ideas equivocadas, pues en mi ciudad natal, situada a apenas 100 kilómetros de allí, escuché no pocas voces que no veían con buenos ojos que me trasladase a la tierra de los vascos. Y sin embargo mi experiencia fue excelente, de hecho recuerdo aquella época como la mejor de las que he vivido hasta ahora, ya que me dio la oportunidad de conocer una sociedad de caparazón duro y tierno interior, de apariencia cerrada y de las que te hacen sentir querido de verdad una vez que has pasado el primer filtro. Más honesta que otras en las que no cuesta nada entrar, pero que te olvidan con la misma facilidad. Pude comprobar de primera mano la querencia que allí existe por sus lugares, incluso por parte de aquellos cuyos orígenes familiares estaban en otros puntos de España o del extranjero, lo dados que son a preferir lo que surge de sus entrañas a lo que viene de fuera y su tendencia a ayudarse entre ellos y a crear lazos fuertes con aquellos que forman su círculo cercano. Y que si te ven como alguien que viene a aportar algo bueno no tienen problema en aceptarte y hacerte de los suyos. En esos años hice muchas más amistades de las que nunca he hecho y con gente que no me dio un abrazo la primera vez que me vio pero con la que creé un sincero afecto que aún hoy perdura. Y del modo de relacionarse en esas tierras y del peso de las tradiciones habla la película ‘Amama’.

‘Amama’ es el segundo largometraje del guipuzcoano Asier Altuna, que debutó con ‘Aupa Etxebeste!’ (codirigida con Telmo Esnal, que también colabora en el guión de esta nueva producción) y que ha realizado varios cortos y documentales como ‘Bertsolari’, en los que ha explorado desde diversos puntos de vista la naturaleza de sus paisanos. Nacido y criado en un caserío, Altuna centra la historia en el particular universo que se crea en estas moradas campestres de piedra y madera, donde sus habitantes sienten con más intensidad el peso de las tradiciones, para bien y para mal. Los protagonistas viven en pleno siglo XXI, aunque los más mayores actúan como hicieran sus antepasados, efectuando las labores de siembra y cultivo de los campos, de cuidado de los ganados y de mantenimiento de la casa para legarla a los hijos. Y estos parecen resistirse a continuar con el legado familiar, con un primogénito que se marcha lejos de allí, un segundón que aunque se deja caer de vez en cuando también prefiere vivir fuera del caserío y una hija con inquietudes artísticas que sigue allí, pero que discute el modo de actuar de sus padres a la vez que se siente fascinada por la figura de su abuela (“amama” en euskera, idioma en el que está rodada la película).

La abuela (Amparo Badiola) supone una inspiración artística para la nieta (Iraia Elias)

Los tres hijos fueron caracterizados por tres colores a la hora de nacer, inmortalizados en los árboles de la finca familiar. El mayor fue el color rojo, que simboliza la fuerza, el mediano el color blanco de la pereza y la hija el negro de la desobediencia, lo que les ha encasillado antes de que pudiera aflorar su personalidad y en cierto modo han acabado amoldándola a lo que se esperaba de ellos. Esa lucha entre el peso de la tradición y la realidad de la vida moderna, en la que hay un mundo por descubrir fuera de las leyes del caserío, es la que crea tensión entre ambas generaciones. Amaia (Iraia Elias) no está segura de irse, porque no quiere perder el contacto con esa abuela (Amparo Badiola) que le fascina por su representación del pasado, pero tampoco quiere resignarse a ser como esa madre que vive a la sombra de su padre, sin explotar sus capacidades individuales. Siempre se ha hablado de la importancia del matriarcado en la sociedad vasca y lo cierto es que acabarán siendo las mujeres las que acaben tirando del carro para que todo siga hacia adelante.

Foto familiar, con las mujeres al frente

El patriarca es Tomás (Kandido Uranga), un hombre de pocas palabras y de trato huidizo, que prefiere estar haciendo sus tareas en lugar de despedir a sus hijos cuando se marchan. Su padre se portó así con él, inculcándole el valor del trabajo en lugar del de las emociones, que se reservaba para las mujeres. Pero eso no significa que sea un insensible, pues es de los que quieren hacia adentro, de los que muestran su amor a través del compromiso con los suyos, de un modo más silencioso pero más consistente que los que recurren a encendidas declaraciones finalmente vacías. Tomás y Amaia discuten varias veces, ya que él no entiende las veleidades artísticas de su hija y ella no comprende esa necesidad de seguir actuando por unas convenciones aferradas como los árboles al suelo que pisan, pero ambos se necesitan más de lo que están dispuestos a verbalizar.

Tomás (Kandido Uranga) y Amaia mantienen una relación complicada

La narración que propone Asier Altuna es pausada y naturalista, aunque sin caer en el aburrimiento visual, con algunos insertos de las videocreaciones de Amaia que reflexionan lo positivo y lo negativo del peso del entorno y algunos (estupendos) momentos de Tomás trabajando y ofreciéndonos su particular modo de hacer arte. Por ello, ‘Amama’ es la historia de un grupo reducido de personas que puede servir como metáfora de toda una sociedad y de sus comportamientos y contradicciones ante el paso del tiempo, en la estela de lo que Montxo Armendáriz hizo con ‘Tasio’ o Julio Medem con ‘Vacas’, lejos del chascarrillo fácil de ‘Ocho apellidos vascos’. Un más que interesante retrato bien protagonizado por un grupo de actores desconocidos (y no profesionales, como en el caso de Amparo Badiola, esa abuela cuya figura muda dice mucho con su gesto o sus ojos y que es la que acaba uniendo al clan) y donde el director aporta la mirada de esa hija que busca la conexión de sus intereses artísticos con sus raíces familiares. La mirada de un pueblo que sigue hacia adelante sin querer perder las características que los han vertebrado durante generaciones.

El negro, el rojo y el blanco, los colores asignados a los hijos de ‘Amama’