Slow West (John Maclean, 2015)

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Más que un género cinematográfico, el western es un mito en si mismo. Su poderosa iconografía ha influido a generaciones de directores y guionistas, sobreviviendo a su supuesta muerte de facto ya lejos de su época dorada. Los ecos de sus códigos y elementos narrativos resuenan dispersos, integrados en la filmografía más variopinta. De tanto en tanto se puede ver, casi de manera anecdótica, un regreso a los cánones de las historias del viejo oeste en el aspecto formal y de ambientación más tradicionales. Una aparente vuelta a sus esencias que son en realidad algo fluido, interpretable y han mutado radicalmente con el transcurso del tiempo. ‘Slow West‘ es un nuevo representante de un revisionismo del género que no se detiene en la reformulación de sus aspectos fílmicos, sino que además cuestiona la perspectiva histórica sobre la que se construyen estos relatos. Algo que se opone a la tradición y leyenda del origen de Estados Unidos.

Jay (Kodi Smit-McPhee), un joven e ingenuo escocés de buena familia, busca en el oeste a su amada Rose. En medio del genocidio, miseria, sufrimiento y violencia se encontrará a alguien dispuesto a ayudarle a llegar hasta ella. Silas (Michael Fassbender), un solitario cazador de recompensas que sigue sus propias reglas. La visión de John Maclean se materializa en el film ya a través de las motivaciones y la concepción moral de unos personajes que están en conflicto interno antes que con el mundo. Hay quien huye de su pasado sin objetivo, pero también quien va en su persecución movido por un recuerdo idealizado. Están los que desean crear un nuevo futuro para tratar de olvidar y que les olviden, mientras otros aspiran a una muerte con significado que sea memorable. Pero todos tienen algo en común: su pasado les acaba por alcanzar, porque vayan a donde vayan seguirán siendo ellos.

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La voz de narrador de Michael Fassbender nos introduce desde el comienzo en una historia que vemos desarrollarse en casi todo momento desde el punto de vista de su joven acompañante. Hasta el final no se desvela a quién pertenece la crónica que se está escribiendo ante nuestros ojos y se revela el verdadero significado de esta decisión que, junto con todo lo demás en la cinta, demuestra un detallismo extremo en todo lo que aparece en ella. La concisión y crudeza con la que se aborda la pérdida de la inocencia de Jay, su viaje hacia la adultez y la sensación de constante peligro que su vida corre en todo momento, aunque él no sea consciente, otorgan al conjunto un realismo inesperado. Un realismo acorde a la total desmitificación de los componentes básicos del western clásico al que homenajea en una película desprovista de cualquier pátina de romanticismo o nostalgia hacia el período retratado.

La supervivencia como fin último, la carencia de principios imperante y una desolación absoluta a su alrededor no evitan que el humor aparezca de forma frecuente como vía de evasión, intensificado por ese contraste de las penurias y situaciones que sufren los protagonistas. Porque igual que se puede tropezar con un salvaje dispuesto a matar por un dólar debajo de cada piedra, también es posible toparse con la amistad o la ayuda de un desconocido que resulta ser mucho más de lo esperado. Quizá la redención simplemente consista en aprender a mirar alrededor y no esperar que suceda lo peor. En transformar cada obstáculo en una oportunidad y cada revés en un desafío. En ver las cosas por su potencial, por lo que pueden ser y no por lo que son. Así es como se logra prosperar y vivir sin perder el corazón y la autenticidad.

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