Cría cuervos (Carlos Saura, 1976)

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Concebimos la infancia como un estado inamovible de perpetua inocencia, encapsulada por la protección y los cuidados de la familia. Sin embargo, esa idealización de la niñez tiene poco que ver con el auténtico cambio constante que se experimenta. Un cambio impulsado por los pequeños y grandes traumas que provoca conciliar la sesgada visión del mundo aprendida de otros con los contundentes hechos. Esto es el punto de partida que utiliza Carlos Saura en ‘Cría cuervos’ (1976) en el retrato de un breve lapso de tiempo de la pequeña Ana, que tras perder a su madre por una terrible enfermedad cree que ha acabado con la vida de su padre, al que considera responsable de todo su sufrimiento. Su incapacidad para entender la muerte y asumir la ausencia es el motor de esta historia que desarrolla esta colisión entre la realidad interior de la protagonista y lo que intuye a su alrededor.

En el contexto de la España franquista y con alusiones directas a su estado político, Ana tiene como referentes paternos dos modos de comprender lo que le rodea: desde el amor y el anhelo de libertad de su madre y desde la disciplina, distante frialdad e hipocresía de su padre. Saura hace especial esfuerzo por mostrar los mecanismos por los que los menores hacen suyos los comportamientos, los recuerdos y las explicaciones de sus mayores a través de la narrativa ajena que heredan de ellos y que en principio están destinados a hacer prevalecer. La abuela mirando con nostalgia un mural de fotografías mientras la joven es capaz de recitar las circunstancias, lugares y personas que aparecen representadas en ellas, la repetición de diálogos enteros escuchados furtivamente siguiendo meticulosamente las dinámicas de los adultos que conocen, el estilo al replicar gestos y expresiones o cuando juega con su muñeca mientras proyecta en ella sus travesuras.

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Rebelándose frente a una nueva figura de autoridad que representa su tía, Ana cree estar reafirmando su lealtad hacia su madre. Ella se le aparece en fantasías y visiones construidas a partir de recuerdos cotidianos que necesita para llenar una ausencia cuya verdadera naturaleza todavía no comprende. La muerte es un fenómeno que está a su alrededor y percibe de manera directa, pero no es capaz de aceptar sus consecuencias. El relato utiliza este conflicto enlazado con la ingenua perspectiva de la protagonista hacia lo que se encuentra a su alrededor, encajando como puede piezas que expliquen satisfactoriamente lo que siente, ve y escucha con las mentiras de distinta índole e intención que recibe como justificación para que siga las normas, cumpla lo que se espera de ella o no se desmorone la peculiar cosmología que ha construido en su mente.

Las miradas a cámara rompiendo la cuarta pared, observándose en el infinito de un espejo que configura la misma audiencia del film, refuerza el nexo de unión con la experiencia desde el punto de vista del personaje interpretado por Ana Torrent y su yo adulto encarnado por Geraldine Chaplin. La misma Geraldine que con distinta voz hace también de su madre. Un recurso que introduce la ambigüedad de una dualidad inherente al proceso que transforma a Ana. ¿Estamos destinados a convertirnos en nuestros padres y madres aunque nos decepcionen o incluso traicionen? Se puede luchar contra la jerarquía impuesta por la tradición y la familia hasta cierto punto. Si se desconocen otras formas de descifrar el universo, cuando nuestro propio modelo sea destruido no habrá nada con lo que sustituirlo. Nada excepto lo aprendido de un entorno que crea individuos perfectamente adaptados a la imagen de todas las aberraciones del sistema que lo contiene.

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